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SAN VICENTE, DIÁCONO Y MARTIR
Vicente significa vencedor en el combate de la fe y la Iglesia lo festeja el 22
de enero
Huesca, con una
iglesia construida en el sitio de su casa natal, Zaragoza, donde estudió y
desarrolló su actividad apostólica y Valencia, teatro de sus atroces
tormentos y testigo de su glorioso triunfo, son las tres ciudades españolas
que se disputan el honor de ser la cuna de San Vicente. El relato de su
«pasión» leído en las iglesias, excitó la admiración universal. Algunos años
después preguntaba Agustín en la
Hipona africana: "¿Qué región, qué provincia del
Imperio no celebra la gloria del Diácono Vicente? ¿Quién conocería el nombre
de Daciano, si no hubiera leído la pasión del mártir?". (Sermón 276).
Los papas San León Magno y San Gregorio celebraron al santo mártir en sus
panegíricos, y San Isidoro de Sevilla y San Bernardo, en sus escritos.
SUS PADRES
Vicente era bello y
aristócrata. Oriundo de una familia consular de Huesca, es el prototipo del
ciudadano aragonés. Su padre, cónsul y su madre Enola, natural de Huesca, lo
confiaron a San Valero, obispo de Zaragoza, bajo cuya dirección hizo rápidos
progresos en la virtud. A los veintidós años, el obispo, que era tartamudo,
le eligió diácono y le confió el cuidado de la predicación con lo que Valero,
quedó en la penumbra. La actividad diaconal de Vicente se desarrolló durante una
época relativamente serena y pacífica, pues en 270 el emperador Aurelio
restableció la unidad del Imperio, y Diocleciano en 284 le dio una nueva
organización, que favorecía la expansión de la Iglesia. Así se
pudo cimentar el cristianismo en las regiones ya más evangelizadas y celebrar
el Concilio de Elvira, que manifiesta una cierta madurez de la Iglesia en la Bética, ya en el 300.
LA
PERSECUCIÓN DE DIOCLECIANO
Después se originó una
nueva y sangrienta persecución, decretada por los emperadores romanos reinantes,
Diocleciano y Maximiano, habían jurado exterminar la religión cristiana. En
303 se publica el primer edicto imperial: Todos los pobladores del imperio
tenían que adorar al “genio” divino de Roma, impersonado en el Cesar.
Para llevar a cabo los
edictos persecutorios, llega a España el prefecto Daciano, que permanece en la Península dos años,
ensañándose cruelmente en la población cristiana. Entra en España por Gerona,
y encargó el cumplimiento de los decretos imperiales al juez Rufino, pasando
él a Barcelona donde sacrificó a San Cucufate y a la niña Santa Eulalia. De
Barcelona pasó a Zaragoza. Arremetió contra los pastores para amedrentar al
rebaño. En Zaragoza mandó prender al obispo y al diácono Vicente, pero no
quiso entregarlos al suplicio. «Si no empiezo por quebrantar sus fuerzas con
abrumadores trabajos, estoy seguro de mi derrota», pensaba. Les cargó pesadas
cadenas, y ordenó conducirlos a pie hasta Valencia, haciéndoles padecer
hambre y sed. En el largo viaje, los soldados les afligieron con toda clase
de malos tratos.
CAMINO DE VALENCIA
Vienen a Valencia,
colonia romana, por la
Vía Augusta, extendida junto al Mediterráneo, para ser
juzgados por Daciano. Antes de entrar en la ciudad, los esbirros pasaron la
noche en una posada, dejando a Vicente atado a una columna en el patio,
columna que se conserva en la parroquia de Santa Mónica, donde es venerada
por los fieles. Ya en Valencia se les encerró en prisión oscura y se les dejó
sin comer durante varios días. Cuando juzgó Daciano que estaban quebrantados,
los mandó llamar, y se extrañó de que estuvieran alegres, sanos y robustos.
Desterró al obispo y al rebelde, que le ultrajaba en público, lo sometió al
potro, para que aprendiera a obedecer a los emperadores. Le desnudaron, y le
azotaron con tal saña, que las cuerdas y ruedas, rompieron los nervios del
mártir; le descoyuntaron sus miembros, y desgarraron sus carnes con uñas y
garfios de hierro. El mismo Daciano se arrojó sobre la víctima, y le azotó
cruelmente. El cuerpo de Vicente es desgarrado con uñas metálicas. Mientras
lo torturaban, el juez intimaba al mártir a abjurar. Vicente rechazaba sus
propuestas: "Te engañas, hombre cruel, si crees afligirme al destrozar
mi cuerpo. Hay dentro de mí un ser libre y sereno que nadie puede violar. Tú
intentas destruir un vaso de arcilla, destinado a romperse, pero en vano te
esforzarás por tocar lo que está dentro, que sólo está sujeto a Dios".
Daciano, desconcertado
y humillado ante aquella actitud, le ofrece el perdón si le entrega los
libros sagrados. Pero la valentía del mártir es inexpugnable. Exasperado de
nuevo el Prefecto, mandó aplicarle el supremo tormento, colocarlo sobre un
lecho de hierro incandescente. El grado supremo de la tortura era el lecho
candente. A Daciano le enfurecía la serenidad de Vicente y le asombraba y,
hastiado de tanta sangre, mandó devolverlo a la cárcel. Prudencio en su
Peristephanon, describe el calabozo oscuro donde, sobre cascos de cerámica y
piedras puntiagudas, yace Vicente con los pies hundidos en los cepos. Pero,
de pronto, la cárcel se ilumina, el suelo se cubre de flores y el ambiente de
perfumes extraños. Se rompen los cepos y las cadenas. Todo es como un retazo
de gloria. El prodigio conmueve la ciudad. El cruel torturador, ordena que
curen las heridas del mártir valeroso. Y mientras le curan, muere Vicente.
Nada puede quebrantar
la fortaleza del mártir que, recordando a su paisano San Lorenzo, sufre el
tormento sin quejarse y bromeando entre las llamas. Lo arrojan entonces a un
calabozo siniestro, oscuro y fétido "un lugar más negro que las mismas
tinieblas", dice Prudencio. Luego presenta el poeta un coro de ángeles
que vienen a consolar al mártir. Iluminan el antro horrible, cubren el suelo
de flores, y alegran las tinieblas con sus armonías. Hasta el carcelero,
conmovido, se convierte a Cristo.
CURARLO PARA ATORMENTARLO
Daciano manda curar al
mártir para someterlo otra vez a los tormentos. Los cristianos le curan. Pero
apenas colocado en un mullido lecho, cubierto de flores, el espíritu vencedor
de Vicente vuela al cielo. Dios le llamó a su testigo, teñido aún con la
sangre martirial. Era el mes de enero del 304. El tirano, despechado, mandó
arrojar a un muladar el cadáver de Vicente para ser devorado por las
alimañas. Un cuervo lo defendió de los buitres y de las fieras. En el lugar
donde fue tirado, se alza hoy la parroquia de San Vicente Mártir de Valencia.
En la cripta del templo existe un mosaico impresionante, que representa al
santo diácono muerto, calzado con cáligas romanas. Ordena Daciano mutilar el
cuerpo y arrojarlo al mar.
TIRADO AL MAR
Metido, pues, en un
odre fue arrojado al mar, atado con una rueda de molino, de donde le viene el
sobrenombre de “la Roda”.
Las olas, más piadosas, lo devolvieron a la playa de Cullera donde lo recogió
la cristiana Ionicia, lo enterró y los fieles cristianos comenzaron a
venerarlo. Y el Ecl 51,1 pone en sus labios: "Me has salvado de la
muerte, detuviste mi cuerpo ante la fosa. Me salvaste de múltiples
peligros". El Señor le ha salvado, pero de otra manera... El es "el
grano de trigo, que si cae en tierra y muere, da mucho fruto" (Jn
12,24). Su imagen es representada revestido de dalmática sagrada, con la
palma del triunfo en la mano y junto al potro y la rueda de su tortura, o con
una cruz, un cuervo y una parrilla. Es uno de los tres diáconos primeros que
confesaron con su sangre la fe: Esteban en Jerusalén, Lorenzo en Roma,
Vicente en Valencia. Su culto se extendió por toda la cristiandad.
Cuentan los relatos
que preservado en el muladar y salvado de las aguas, fue enterrado en un
modesto sepulcro junto a la vía Augusta, desde donde, como dice la Pasión litúrgica, fue
llevado a la Iglesia
Madre y puesto bajo el altar, en el “digno sepulcro” a que
alude la misa mozárabe del santo. San Vicente llegó a ser el gran mártir de la Iglesia de Occidente,
como san Lorenzo lo fue de Roma y de Oriente san Esteban, los tres diáconos.
Las homilías de san Agustín predicadas en su fiesta difundieron más todavía
su memoria. El martirio de san Vicente fue la semilla de la Iglesia en Valencia; en
lugar de temor suscitó admiración, de modo que su sepulcro fue el centro de
la primera comunidad y, cuando esta se institucionalizó y creció, el mártir
se convirtió en el patrono de la misma y su valedor durante los años oscuros
de la dominación musulmana.
EL PERISTEPHANON DEL POETA
PRUDENCIO
El poeta Aurelio
Prudencio Clemente, nacido en Calahorra el año 348 en una familia de la
aristocracia hispano-romana, había ejercido el cargo de prefecto en
importantes ciudades, hasta que el emperador lo eligió para formar parte de
su corte. Compatriota y casi contemporáneo de Vicente, compuso un hermoso
poema en el que canta su martirio: Es el Peristéphanon, del cual estoy
extrayendo datos y sorbiendo inspiración. Prudencio era hombre de gran cultura,
profundo conocedor de los poetas clásicos, y heredero de una poesía latina
cristiana, que surgida en el siglo IV, fue elevada por él a su punto
culminante. En el siglo VII, San Isidoro de Sevilla, escribirá que puede ser
considerado como el príncipe de los poetas cristianos: «Este dulce Prudencio
de una boca sin igual, tan grande y tan famoso por sus diversas composiciones
poéticas". La más amplia, la dedica a exaltar la figura de los mártires,
el Peristéphanon o libro De las coronas, en la que sublima el culto literario
de los mártires, amplificado ya en prosa en la literatura cada vez más
novelada de las Actas y, sobre todo, de las Pasiones. Prudencio despliega en
el Peristépfanon el arte de la narración lírica y dramática teñido de cierto
sabor popular, afirma J. Fontaine.
DIÁLOGO CON LOS TORTURADORES
En el interrogatorio,
entre amenazas y coacciones, Vicente tuvo un gran protagonismo, tomando la
palabra por Valerio y confesando valientemente su fe: Hay dentro de mí Otro a
quien nada ni nadie pueden dañar; hay un Ser sereno y libre, íntegro y exento
de dolor. Eso que tú, con tan afanosa furia te empeñas en destruir, es un
vaso frágil, un vaso de barro que el esfuerzo más leve rompería. Esfuérzate,
en castigar y en torturar a Aquel que está dentro de mí, que tiene debajo de
sus pies tu tiránica insania. A éste, a éste, hostígale; ataca a éste,
invicto, invencible, no sujeto a tempestad alguna, y sumiso a sólo Dios.
Admirable fue la
fortaleza con que Vicente soportó tan terrible prueba. «Con clara reminiscencia
virgiliana, dice Prudencio, que Vicente elevó al cielo los ojos porque las
ataduras cautivaban sus manos:
Tenditque
in altum luminaria
vincla
palma presserant.
De este
tormento Vicente salió reforzado, y se le echa luego en un antro lúgubre».
La descripción de la
cárcel, hecha por Prudencio, sólo pudo ser descrita por un testigo ocular:
Hay en lo más hondo del calabozo un lugar más negro que las mismas tinieblas,
cerrado y ahogado por las piedras de una bóveda baja y estrecha. Reina allí
una noche eterna, que jamás disipa el astro del día; allí tiene su infierno
la prisión horrible. Pero Cristo no abandona a su siervo y se apresura a
otorgarle el premio prometido a la paciencia, puesta a prueba en tantos y tan
duros combates. «Y en este momento el numen de Prudencio se hincha, como una
vela, en un soplo pindárico... "Guirnaldas de ángeles ciñen con su vuelo
la tenebrosa mazmorra". Se cumplía la profecía de Cristo: "Os
entregarán a los tribunales, y os azotarán". Pero "no os preocupéis
de lo que vais a decir, el Espíritu de vuestro Padre hablará por
vosotros" (Mt 10,17).
Hemos de tener coraje
para empezar desde cero y paciencia para aguardar a que el grano germine, y
vaya creciendo. A nosotros nos toca sembrar, al Dueño de la mies dar el
crecimiento (1 Cor 3,7). Dar valor a estas pequeñas cosas que hoy hacemos, y
desechar las tentaciones de ir por caminos de espectacularidad, amar la
siembra anónima y monótona, no agradecida, o desagradecida, sabiendo que ahí
queda la semilla, portadora de germen vivo de vida nueva.
VALENCIA NO ES IGLESIA APÓSTOLICA
Las Iglesias más
antiguas de la España
romana, fueron fundadas o por Apóstoles, o por discípulos de los Apóstoles.
No así Valencia, que estaba muy poco evangelizada, según afirma Lorenzo
Ríber: “La ciudad de Valencia, antigua colonia romana, conservó tenazmente el
culto de los dioses". La historia guarda silencio absoluto sobre el
anuncio del Evangelio en los tres primeros siglos. El martirio de san Vicente
en el año 304, es el primer testimonio cristiano de la Iglesia de Valencia, con
lo que el joven diácono viene a ser el padre en la fe de Valencia. Como
ocurrió en el resto de Hispania, los primeros cristianos en las actuales
tierras valencianas debieron ser militares de paso y comerciantes
provenientes del África romana, con la que existía una prolija red de
comunicaciones comerciales. Alguno de los primeros evangelizadores conocidos,
eran africanos. No podemos asegurar que hubiese una Iglesia constituida en
torno a un obispo, como en otras ciudades de Hispania, pero no debieron
faltar en una urbe tan bien comunicada como Valentia - situada entre Tarraco
y Cartago Nova - actividades de evangelización, de reuniones litúrgicas y
catequéticas aunque fueran clandestinas, con la asistencia de algún presbítero
local o itinerante.
SAN VICENTE FUNDA LA IGLESIA DE VALENCIA
La Valencia cristiana entra
definitivamente en la historia con el acontecimiento del martirio del diácono
san Vicente a comienzos del siglo IV. Durante los tres primeros siglos de la
era cristiana no tenemos datos de vida cristiana no sólo en la ciudad de
Valencia y sus alrededores sino también en las otras ciudades del territorio
desde la desembocadura del Ebro hasta el sur de Alicante. No sabemos la forma
en que las persecuciones de los emperadores romanos durante los tres primeros
siglos afectaron a los cristianos de nuestra región. En el año 304, la ciudad
de Valentia es el primer lugar que entra documentalmente en la historia del
cristianismo con el martirio del diácono de Caesaraugusta, Zaragoza, Vicente.
Sobre el cuerpo de
Vicente enterrado en el surco, se levanta hoy la frondosa Iglesia Diocesana
Valentina, que también está necesitando una nueva evangelización. ¿Quién
quiere ser ese grano de trigo que cae, es olvidado, se pudre, pero que dará
mucho fruto? Ofrecerse a ser grano es fruto de la gracia, porque a la
naturaleza le gusta más cosechar que sembrar. Reza Dámaso, papa español y
también poeta: "Vicente, que por tus tormentos nos escuche Cristo".
LOS REYES DE ARAGÓN
Casi siete siglos han
de pasar, para que arraigue y se extienda la devoción al protomártir
valenciano Vicente, propagada por los reyes de Aragón, que, desde la
reconquista de Valencia, se han acogido a su intercesión. Ellos fueron los
que demostraron interés por la basílica sepulcral del santo ubicada junto a
la vía Augusta en los aledaños de la ciudad de Valencia, en torno a la que se
formaría un poblado mozárabe, el arrabal de Rayosa, cuyo núcleo era la
basílica de San Vicente de la
Roqueta, iglesia matriz y como catedral de los mozárabes
valencianos.
En 1172 Alfonso II,
que pobló y dio fuero a Teruel, sitió a Valencia, y para levantar el cerco,
exigió el dominio la iglesia de San Vicente. También Pedro II demostró su
devoción al santo. Y su hijo, el rey D. Jaime I, heredó y superó, la devoción
de sus antecesores a aquel joven diácono, venerado en toda la Cristiandad, en la
“era de los mártires” de la persecución de Diocleciano. Y cuando el rey
preparaba su cruzada, y en los momentos más álgidos y arriesgados,
encomendaba a San Vicente la empresa.
San Vicente de la Roqueta fue el primer
lugar que ocuparon en 1238 las huestes de Jaime I cuando conquistó Valencia.
Llegaban desde el campamento del arrabal de Ruzafa. En su iglesia quedaría
luego, pendiente de la bóveda del presbiterio, el histórico estandarte del
"penó de la Conquesta”,
“la Senyera”,
que ondeó en la torre de Ali Bufat o del Temple, como señal de rendición de
la ciudad musulmana, y que permaneció allí hasta que fue trasladado al
Ayuntamiento. Cada año es bajado por el balcón, porque la “Senyera” no se
inclina ante nadie, para presidir la procesión cívica hacia la Catedral para el Canto
de Tedeum de acción de gracias por la Conquista.
EL REY DON JAIME EL CONQUISTADOR
El mismo Jaime 1
proclamó al mártir Vicente “el santo protector de la reconquista de
Valencia”, como “Santa Maria”, bajo diversas advocaciones, y en Valencia,
Nuestra Señora del Puig, lo era para todos los reinos de España. Existe un
documento del 16 de junio de 1263 conservado en el Archivo de la Corona de Aragón, cuyo
texto traducido dice: “Estamos firmemente convencidos de que Nuestro Señor
Jesucristo, por las oraciones, especialmente del bienaventurado Vicente, nos
entregó la ciudad y todo el reino de Valencia y los libró del poder y de las
manos de los paganos.” La gratitud del rey Jaime I a San Vicente permanecería
viva y encendida hasta el fin de sus días. Mandó construir una iglesia más
grande y junto a ella, un nuevo monasterio y un hospital para pobres y
enfermos.
PATRÓN PRINCIPAL DE VALENCIA
Valencia, compartiendo
estos sentimientos de gratitud, aclamó a San Vicente como a su principal
patrón. Y los magistrados de la
Ciudad acordaron que el 9 de octubre de 1338, festa de Sant
Donís, se celebrase el primer centenario de la Conquista con una processó
general, la cual partirá de la
Seu e irá a la esglesya del benaventurat mártir San Vicent
per fer laors y gracies de la dita victoria.
La Santa Sede declaró 2003 año
santo en Valencia por la celebración de los 1.700 años de su martirio. Es
patrón de Valencia, Zaragoza y otras ciudades de España y Portugal. Se ha
podido obtener indulgencia en la
Catedral de Valencia, la parroquia de Cristo Rey, también
en Valencia, donde fue inicialmente sepultado; las dos capillas conocidas
como «las cárceles de San Vicente», en la calle del mismo nombre y en la
plaza de la Almoina;
y la iglesia de los Santos Juanes de Cullera.
LORENZO, ESTEBAN, VICENTE -
CORONA, LAUREL Y VICTORIA
La autenticidad de sus virtudes,
vividas heroicamente en la sencillez de su vida ordinaria, quedó sancionada
por su sangre derramada. Y la
Iglesia correspondió a su eminente servicialidad con el
homenaje de su rápido culto: San León Magno en Roma, San Ambrosio en Milán,
San Isidoro en Sevilla y San Agustín en África son testigos de la amplia
difusión de su fama. Tres basílicas dedicadas a su culto en la Roma medieval atestiguan la
popularidad de su nombre. Es también uno de los pocos mártires mencionados en
el Calendario de Polemio Silvio. El Liber Sacramentorum contiene una Misa en
su honor. Su imagen, en actitud orante, con una gran tonsura, y revestido de
la pérula, aparece en un fresco del siglo VI-VII en el cementerio de
Ponciano, en Roma. Es honrado especialmente en Zaragoza, en Salona, Sagunto y
Tolosa. Reliquias suyas se veneran en Carmona de Sevilla y en algunas
ciudades de África. En la
Catedral de Valencia se conserva al culto el brazo
izquierdo del protomártir, regalado por Pietro Zampieri, de la diócesis de
Pádua (Venecia), el 22 de enero de 1970. Vicente, el Vencedor, es uno de los
tres grandes diáconos que dieron su vida por Cristo. Junto con - Corona,
Laurel y Victoria - forma el más insigne triunvirato. Cubierto con la
dalmática sagrada, ostenta en sus manos la palma de los mártires invictos,
Vicente.
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