LIBROS DEL PADRE

JESUS MARTI BALLESTER

El pensamiento de Santa Teresa de Jesús

 

 

 

 

 

 

 

 

CAMINOS DE LUZ

PRESENTACIÓN

POR DON DAMIAN IGUACEN BORAU, OBISPO DE TERUEL, DEL LIBRO «CAMINOS DE LUZ» DE JESUS MARTI BALLESTER

El libro que tienes en tus manos es un «Camino de luz», abierto a toda persona que quiera avanzar en la vida espiritual desde las oscuridades de una vida ramplona a las claridades de una vida en el amor generoso y total.

Es un itinerario seguro, veraz, bajo la guía de un experimentado conductor y maestro. Lo que dice, reprueba o aconseja todo está constatado por la experiencia de quienes han recorrido los caminos de Dios con éxito. El autor no habla de teorías, no elucubra suposiciones, habla desde una profunda experiencia personal espiritual y recoge la de los grandes caminantes que hicieron la ruta del Señor hasta la cumbre.

Cada capitulo es la decantación de muchas horas de estudio espiritual, de mucha reflexión y oración. No se hacen afirmaciones a humo de paja. Se aceptan, por su vigencia actual, los experimentados medios de perfección, como excelente viático para el camino, para el viaje, sin perder de vista que, en realidad, el camino, la verdad y la vida es Cristo.

En una ojeada superficial podría dar la impresión de hallarnos ante una selección de textos, afirmaciones, temas, diversos y aislados; pero no es verdad; hay una unidad en todo el libro; hay un «iter» que se recorre con lógica; es todo un caminar, un camino cada vez más luminoso, que lleva a la caridad, esencia de la vida cristiana, plenitud de la ley, que gobierna todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin, como nos recuerda el Concilio Vaticano II.

Toma el libro y verás qué eficaz es para realizar el ideal de la santidad «A fin de que la caridad crezca en el alma como una buena semilla y fructifique, debe cada uno de los fieles... » (LG 42>. Lee y medita y hallarás un «camino de luz».

DAMIÁN IGUACÉN BORAU

Obispo de Teruel

 

 

CAMINO DE SANTA TERESA LEIDO HOY

En la laboriosa elaboración de este Camino, he procurado localizar todos los datos revelados, explícitos unas veces, implícitos las más, y esto con intencionalidad doble, la de dejar más asegurada, aunque no lo necesita, la doctrina de la mística Doctora poniendo de relieve sus raíces, y la de hacerla más actual, porque destacando lo mucho que ella amó la Palabra, se aprecia cómo se anticipa a las orientaciones del concilio Vaticano II enaltecedoras y estimulantes de la lectura de la Sagrada Escritura: Así dice la Dei verbum: «Es necesario que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura y se rija por ella. Porque en los sagrados libros, el Padre que está en los cielos, se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe de sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Pues la palabra de Dios es tan viva y eficaz (Heb 4,12), que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados» (He 20,32) (21).

Al fin, muero hija de la Iglesia. «Ya es tiempo de caminar. ¡Vamos muy enhorabuena!» Maltrecha y agotada, obediente a sus superiores, que eran sus hijos, hasta la muerte. Así tenía que ser. En Alba de Tormes a donde la conduce, medio muerta, la obediencia al padre Antonio de Jesús, provincial de Castilla, se paró aquel corazón consumido de amor a Cristo y a la Iglesia, los dos, el único amor de esta mujer excepcional. «Al fin, muero hija de la Iglesia». Fueron sus últimas palabras, y en ellas va encerrado todo el secreto de su vida: el deseo de servir a la Iglesia, «ayudar lo que pudiera a este Señor mío, que tan apretado le traen», y el temor de que la Iglesia no permitiera que ella la ayudara e impidiera el desarrollo de su carisma; que no la quisiera mantener en sus entrañas maternales, que pudo haber ocurrido, y no fue fácil que no ocurriera, pues los «tiempos eran recios».

Cuando Teresa moría, al pie de la ventana de su celda, las ramas secas de un arbolito, que nunca llevó fruto, se cubrieron de flores blancas ¡en octubre, y en la meseta castellana! Era un prodigio más entre los muchos que acaecieron: remolinos de luces, olores deliciosos, presencias misteriosas, blancas palomas, claridades... Pero el arbolito florecido tiene una connotación de doble signo: de la voz del Esposo de los Cantares: «Levántate, amada mía, ven a mí, porque ha pasado el invierno, y brotan las flores en la vega y la viña en flor difunde perfume», y de la primavera de gracia que, a su muerte, dejaba la Madre en la Iglesia, con sus hijas e hijos y sus libros: «Yo no conocí ni vi a la madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra; mas ahora que vive en el Cielo, la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros» (fray Luis de León).

Influencia de sus obras. Por sus escritos ha podido Teresa extender su magisterio, incluso extramuros de la Iglesia Católica. Con sus páginas ha llegado hasta la judía, hoy, gracias a ella, Beata Edith Stein que, en 1921 leyó de un tirón su Vida y encontró la verdad. Ha alcanzado también al patriarca ortodoxo Atenágoras, al primado anglicano Ramsey, y a los también anglicanos Allison Peers, y Trueman Dicken, autor éste de Crisol del amor, un estudio profundo sobre los libros de Teresa y de su compañero san Juan de la Cruz. Y la que en Camino se lamentó del crecimiento de la desventurada secta de los «luteranos», con sus libros ha inspirado en algunos temas, al filósofo protestante Leibniz, y ha conseguido que el también luterano Ernst Schering haya escrito la obra Mística y realidad, basada en las experiencias místicas de ella. Otro luterano, Roger Schutz, ferviente admirador, ha escrito de ella: «Santa Teresa de Jesús compraba, discutía de negocios, escribía, y vivía al mismo tiempo, en su vida profunda, en la intimidad con Dios. Por algo esta mujer ha sido siempre un ejemplo clásico de contemplativo». Lo dice él, que ha fundado Taizé, según el ideal contemplativo.

Dispuestos a leer Camino de perfección de santa Teresa leído hoy, nos van a situar y ayudar mucho las «Prospecciones actuales» ante cada capítulo junto con los «comentarios» para penetrar en la sustancia del libro, que nos descubre la entraña de una extraordinaria mujer, y de una madre universal, sublimemente divina y tiernamente humana. Leeremos con la garantía de leer doctrina de la Iglesia que por boca de Pablo VI ha proclamado a santa Teresa «doctora» el 27 de septiembre de 1970. La primera doctora de la Iglesia.

JESUS MARTI BALLESTER

 

SAN JUAN DE LA CRUZ, CANTICO ESPIRITUAL LEIDO HOY

PRESENTACION DEL CARDENAL MARCELO GONZÁLEZ MARTÍN, ARZOBISPO EMERITO DE TOLEDO, AL LIBRO DE JESUS MARTI BALLESTER: CANTICO ESPIRITUAL DE SAN JUAN DE LA CRUZ LEIDO HOY, 7º Edición.

 

Difícil trabajo, pero utilisimo, el que se ha impuesto este gran sacerdote que es don Jesús Martí Ballester, que está dedicado desde años a la fecunda labor de enriquecer a la Santa Iglesia con almas que nutran su espíritu en el hontanar de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús. Conozco su Obra de cerca y espero de ella una renovación en profundidad que ha de dar mucha gloria a Dios en su Iglesia, ya que intenta expandir por el mundo cenáculos de contemplación que la faciliten y la pongan al día en lo accidental.

No es ningún secreto afirmar que estamos atravesando una de las más hondas crisis que ha conocido la historia. Yo diría que nos hallamos en el punto medio entre dos eras, una que se despide pugnando por mantener firmes sus normas, sus tradiciones seculares, y otra que quiere abrirse paso a toda costa renovando estructuras, cambiando costumbres y hasta, en algunos sectores, intentando poner en duda los dogmas más fundamentales. En este brusco choque entre ambas, me complace comprobar el equilibrio de la Obra AMOR Y CRUZ, que en su adaptación a los tiempos actuales mantiene lo sustancial y necesario.

Parece que ha intuido lo que dijo Pablo V! en septiembre de 1968 y resulta la mejor defensa de la vida contemplativa que se ha podido dar en la situación actual. Decía el Papa a los contemplativos: «Vuestra vocación no es anacrónica: Vosotros no ocupáis en la Iglesia un puesto inútil. ¡Más bien se os es debido!

Somos Nos los que tomamos vuestra defensa, los que os hacemos la apología, es la misma Iglesia que se pone de vuestra parte. Os lo repetimos con todo el corazón: La Iglesia os estima. la Iglesia os ama, la Iglesia os guarda a vosotros... Vuestra vocación es por lo mismo tan hermosa en el concierto de alabanza que la Iglesia eleva a Dios y a Jesucristo, su Señor y Salvador, que si antes de ahora no existiera, ella debería crearla, debería inventarla. »

Repetidas veces he estimulado a don Jesús de palabra y por escrito en su paciente e incomprendida labor, pero indispensable para la Santa Iglesia, que no logrará una renovación que valga un ochavo si no une sus manos con estas almas que, como San Juan de la Cruz, han poseído una mirada tan clarividente para ver y decir lo único necesario y que por lo mismo tan hondo surco han abierto en la Iglesia y han ido convirtiéndose en ella en surtidor de agua cristalina que la fertiliza.

El soplo del Espíritu Santo ha movido a don Jesús Martí en esta línea a doblar a San Juan de la Cruz hoy. Lo hace presentándonos de momento, el Cántico Espiritual, maravilla de doctrina y poesía. San Juan de la Cruz fue un gran incomprendido en su tiempo y sigue siendo poco conocido en el nuestro.

Esto es lo que le duele al autor de este libro, y no se queda en lamentos, sino que aporta su esfuerzo para ayudar a que salga del olvido y pueda ejercer un influjo mayor que clarifique la fe de las almas.

El Doctor de las nadas es exigente. Así se le ha presentado, pero creo que es menos conocido como Doctor 4e1 Amor. Pocas obras como el Cántico Espiritual, que hunde sus raíces en el Cantar de los Cantares y en Garcilaso, celebran con tan sublimes acentos el amor de Dios.

La vida cristiana del pueblo de Dios debe fundamentarse en una fe más sólida que sepa prescindir de las apoyaturas sensibles. San Juan de la Cruz aporta materiales firmes, cimentados sobre roca, para forjar hombres de temple. La teología moderna ha de contar más con el Doctor del Carmelo, tan sagaz conocedor de los senderos rumbo a la cumbre del monte y guía insustituible en la salida del laberinto de apetitos hasta llegar a la unión con Dios.

El enseña a los hombres los caminos de la contemplación: Por donde no sabes has de ir adonde no sabes. Caminos de oración que hay que escalar con ánimo esforzado y perseverante, sin desfallecimientos y con el decidido propósito de dejarlo todo para llegar a poseerlo todo.

Me pregunto si hay algún apostolado hoy más necesario en la Iglesia que despertar a los hombres a que adoren al Padre en espíritu y verdad. No hay otro más necesario ni otro, por otra parte, más preterido.

Pero, sobre todo encarecimiento, el de promocionar a las almas, ya entregadas y a Dios consagradas, a fin de que consigan esas altas cumbres de la unión mística que las conviertan en depósito escondido en el corazón de la montaña que alimenta sin cesar corrientes secretas que fecundan la geografía del Cuerpo Místico y enriquece su apostolado.

El mundo de hoy acostumbra a medir el valor de las personas con el rasero de los frutos visibles que aportan a la sociedad. En este sentido habría que pensar que los treinta primeros años de la vida del Señor no sirvieron para nada. Error funesto. Estos años de Jesús ejercieron en las almas la misma influencia santificadora que los dedicados a la vida activa. Su intensa y continua oración, unida al sacrificio de cada día, fueron raudales de gracia que inundaron el mundo y le prepararon a la siembra de la semilla evangélica.

También la Santísima Virgen fue la gran contemplativa que pasó su vida oculta, sin aparecer en público, dedicada a guardar en su corazón purísimo las palabras brotadas de los labios de su divino Hijo.

La oración y el sacrificio de su existencia no pudieron menos de atraer torrentes de gracia sobre las almas.

Nadie habrá que se atreva a negar el fecundo apostolado de una vida toda de Dios consumida en el silencio y en la oración.

San José siguió igualmente las huellas de la Santísima Virgen llevando intensa vida de contemplativo.

Jamás apareció en público para ejercer ministerio alguno, cuando tanta necesidad había de predicación, antes vivió oculto en el anónimo, trabajando intensamente en la obra que le confiara el Padre, sin escatimar sacrificio alguno, ofreciendo todo con corazón generoso y enamorado de Dios en beneficio de las almas.

Estos modelos son suficientes para explicar la fecundidad de la vida contemplativa, también en apariencia inútil, pero a los ojos de Dios de una trascendencia incomparable. Urge, pues, la llamada divina de despertar deseos de beber aguas claras de contemplación amorosa y sabiduría. Es urgente el deber de esforzarnos por conseguir que sean muchas en número las almas que lleguen a la estabilidad de paz y bien inmutable que canta admirablemente San Juan de la Cruz en sus bellísimas estrofas. Sin olvidar que a esta paz y bien no se llega sin entrar más adentro en la espesura de los dolores y tribulaciones. «¡Ojalá todos comprendieran -diré con San Juan de la Cruz- que es imposible llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, sin entrar por la espesura del padecer de muchas maneras!»

Bienvenido, pues, este libro nuevo de San Juan de la Cruz que despierte ansias de desprendimiento y de deseos de los goces supremos de lo único necesario. Libro nuevo, verdadera creación, que mantiene el armazón intelectual de San Juan conjugándolo con el aire nuevo de un soplo de inspiración actual. Sólo un corazón y una pluma, si no gemelos a los de San Juan de la Cruz, llenos al menos de amor teologal, de sensibilidad y poesía, son capaces de llevar a cabo una empresa como la que inicia don Jesús Martí Ballester. Y estas dos cualidades se ensamblan en él, pues el autor a quien presento tiene sensibilidad de poeta y alma de gran delicadeza y está providencialmente preparado para realizar esta obra de tanto fuste que él ha emprendido con tan noble empeño, cuyas metas él mismo nos expone en su Introducción luminosamente esclarecedora y que Dios con toda seguridad tiene que bendecir. Avalado, además, este nuevo autor del Cántico Espiritual por serios estudios y formación intelectual en Valencia y Salamanca, un tiempo profesor, y con una larga experiencia pastoral desde su juventud. Arcipreste de una importante Parroquia a los veintisiete años, ha seguido en ininterrumpido trabajo personal y ministerial de sacerdote.

En las varias Parroquias que ha regentado, su paso ha dejado no sólo iglesias reconstruidas con abnegado celo, sino, sobre todo, revitalización y nuevos impulsos de vida cristiana, con florecimiento de vocaciones religiosas y sacerdotales. Director de innumerables tandas de ejercicios espirituales en las Diócesis de Valencia, Barcelona, Madrid, Salamanca, Tortosa, Segorbe, Cuenca, Murcia y Albacete, posee un largo conocimiento de conductor de almas. Sabe por experiencia el gran provecho que el estudio del gran Santo Carmelita ha causado en tantas almas. Y su ardiente pluma, que ha colaborado en múltiples revistas religiosas, todavía ha encontrado tiempo, en medio de su actividad apostólica, para esta feliz, oportuna y prometedora actualización del Sumo Doctor castellano.

Doctor a quien, ¡ojalá lo consiga este libro!, tendrían que acudir tantos espíritus de hoy que viven el misterio de su fe y de su apostolado entre tantas sacudidas y sutiles asedios, para que se animaran a llegar a la primavera, a la libertad filial y al amplio horizonte de la alegría espiritual. Para que se prepararan a caminar a vida eterna.

Espléndida meta la que deseo para este libro: Oue colabore a realizar con el Espíritu Santo almas consumadas en el amor cristiano que aceleren la llegada del Reino y lleven a plenitud el ideal que Dios trazó para el hombre: pues para este fin de amor lo creó.

+ MARCELO GONZÁLEZ MARTÍN

Cardenal-Arzobispo de Toledo-Primado de España

 

UN NUEVA LECTURA DEL CANTICO ESPIRITUAL

TEXTO DE LA CONTRAPORTADA DE ESTE LIBRO

Hoy hacen falta testigos más que maestros. Los maestros enseñan doctrinas. Los testigos han visto y dicen lo que han visto. Por ambos costados San Juan de la Cruz es testigo y maestro, mistagogo, porque enseña lo que ha experimentado y cómo lo ha vivido. Y lo hace con convicción y persuasión, y, además, exquisitamente. Sólo un pero para los lectores del tercer milenio. Escribió hace cuatrocientos años. Lo que testifica y enseña es inmutable, pero el molde ha cambiado muchísimo.

¿Cómo paliar esa desventaja? El autor ha roto el nudo.

Su preparación, sensibilidad, el profundo conocimiento de San Juan de la Cruz y de los lectores así como su estilo han conseguido en una brava y eficaz tarea que San Juan de la Cruz escriba hoy su Llama de amor viva, sus cartas o sus poesías. De ahí el titulo: Una nueva lectura... Con la valiosa originalidad de haber investigado las fuentes bíblicas, ascéticas y poéticas en que se inspiró San Juan, y la riqueza de los comentarios.

Jesús Martí Ballester es licenciado en Teología, buen conocedor de los místicos españoles, predicador, escritor, conferenciante y fundador de la Institución Amor y Cruz. Es autor de varios libros sobre San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS (BAC)

Nota del Editor de Betania Don Ángel Gómez Escorial

Un día recibimos un libro de Jesús Martí Ballester, que incluimos con entusiasmo en la sección de "El Libro de la Semana" por su enorme interés. Para nosotros -dada nuestra proverbial incultura religiosa- era un desconocido. Pero el padre Martí Ballester es un personaje muy conocido con más de una veintena de libros publicados, Pero, además, se trata de un sacerdote de larga trayectoria pastoral e intelectual que, es toda una institución en el ámbito del arzobispado valenciano. Y, también en Barcelona y en Teruel. En fin, con gran generosidad nos fue enviando sus obras y las reseñas iban apareciendo semana a semana. Como somos serios, y no hay libro reseñado que no nos hayamos leído, nos me encantando el trabajo de padre Martí. El -como se recordará- ha asumido, principalmente, una tarea de enorme importancia al poner en castellano actual la obra de Santa Teresa de Ávila y de San Juan de la Cruz. Este tipo de trabajo es muy importante para acercar las nuevas generaciones a los dos grandes místicos españoles, porque aún siendo ambos parte notable de la más notable cumbre de la literatura española, el castellano del pasado utilizado por Teresa y Juan dificulta el seguimiento de dichas obras.

Una observación más precisa de la obra de Martí Ballester demostraba que -no podía ser de otra forma- su autor era un conocedor íntimo de la obra de los dos grandes santos españoles. Se inició, pues, una relación personal entre el Editor de Betania y don Jesús. Aconteció, asimismo, la aparición de una muy agradable casualidad. Y fue que Antonio Burgos, el famoso periodista sevillano mantenía una continuada relación con don Jesús Martí. Y Antonio Burgos y Ángel Gómez Escorial -el Editor de Betania- han sido compañeros en sus inicios de la profesión periodística al coincidir ambos hace ya muchos años en la redacción de la edición Sevillana del diario ABC. Antonio Burgos mantiene, además, una monumental página Web en la red que es, sin duda, una de las más interesantes que acomete en España un intelectual de su calibre y que debería ser imitado por otros muchos. En fin, esa casualidad dio más empuje a la amistad entre el Editor de Betania y Jesús Martí Ballester.

Jesús Martí siguió aportando más obras y, entre ellas, dos muy singulares. Se trataba de "Estilo" y de "Caminos de Luz". Ambas fueron reseñadas en "El Libro de la Semana". Pero lo más importante es que se abría un conocimiento íntimo de los afanes pastorales de Martí. "Estilo" es un libro de breves pensamientos, dentro de la escuela de Tomás de Kempis, o de Camino, Forja y Surco, de Josemaría Escrivá de Balaguer. "Caminos de Luz", por el contrario, presenta un amplio repertorio de textos, ordenados para que sirvan de consolidación de la vida cristiana. Las partes de dicho libro son claras: El desorden. La conversión. El camino de Cristo, El amor. La oración, la obediencia, etc. Y en último capitulo, en el número XVIII se titula: La Institución "Amor y Cruz". Y, ¿que era eso?

En 1962, el padre Martí Ballester había fundado una obra en la que podían alojarse religiosos y religiosas y un instituto secular para hombres y mujeres. Todo ello respondía al nombre de "Amor y Cruz". En citado Capitulo XVIII de "Caminos de Luz" aparece una trascripción de una entrevista publicada en el diario "Lucha", de Teruel, a principios de los años ochenta en donde se lee con fluidez el camino fundador de don Jesús. Y, en fin, en la actualidad hay cuatro centros con religiosos: dos en Barcelona, uno en Teruel y un cuarto en Madrid. La sorpresa se produce al reconocer que Martí Ballester no es un solo un sacerdote con excelentes dotes de escritor y de investigador en las vidas y obras de Santa Teresa de Ávila, de San Juan de la Cruz y de Santa Teresita de Lissieux, sino que ha realizado una obra fundadora de enormes consecuencias.

Nos interesa ahora analizar los dos libros relacionados con la Institución Amor y Cruz. "Ideario" son las constituciones de la Obra. Pero, haciendo abstracción de algunos puntos organizativos, su lectura puede servir como manual de perfección para todo aquel que quiera mejorar su vida. Hay mucha sustancia en dicho librito que servirá para mejorar, de manera práctica, la vida de quien quiera estar más cerca de Cristo. Es, pues, un libro de espiritualidad de gran utilidad. El "Manual" contiene oraciones -preciosas- para orar a lo largo del día. Es una forma resumida -pero bajo esa intención- de la Liturgia de las Horas y, probablemente, de mayor utilización entre los miembros del Instituto Secular que entre las ramas de religiosos, los cuales si aplicarán el rezo de Las Horas.

Se nos ocurre, por otro lado, que don Jesús debería acometer la redacción de un libro que bajo la forma de "Estilo" se completase con algunas de las cosas que se ofrecen en "Ideario" y en "Manual". En este último, y en una oración bellísima, el autor sitúa a un Cristo madrugador en Betania. Sin duda, Jesús madrugaba para bajar temprano a Jerusalén desde Betania. En fin, tiene Martí una gran capacidad para construir esos consejos íntimos que llegan al corazón del creyente. Debe hacerlo. Habrá otro día que ocuparse un poco más de la Obra fundada por Don Jesús Martí Ballester.

Ángel Gómez Escorial

INTRODUCCION DEL AUTOR JESUS MARTI BALLESTER A SU NUEVO LIBRO UNA NUEVA LECTURA DE “LLAMA DE AMOR VIVA” Y DE ESCRITOS BREVES DE SAN JUAN DE LA CRUZ

En nombre de la libertad convoco con San Juan de la Cruz a todos los que luchan por ser libres y tienen hambre de liberación a que acudan al gran maestro a aprender a dejarse hacer libres hasta la meta máxima de la misma libertad que es Dios, permitiéndole a El que consiga hacerles libres, tan libres como El lo es, por identificados con El. Y si libres, generosos, porque al carecer ya de toda esclavitud serán generosos y desearán dar y darse y darle todo, y a sí mismos y a Dios, a todos y a sí mismos y a Dios.

Convoco a todos los que quieren darse y no saben qué dar ni qué es darse a que aprendan a hacer el don mayor, que es su propia libertad, para conseguir mayor libertad, la libertad de los hijos de Dios, hasta que lleguen a experimentar que la ley cayó para el justo.

No es ésta época de leyes.

No es ésta época de instituciones.

No está hoy de moda el corsé.

Se atacan las leyes, se atacan las instituciones, se reclama libertad.

Se quieren reactores sin torre de control y talgos sin carriles; se ambicionan trasatlánticos sin timonel; se sueñan democracias con libertades omnímodas y realizadas.

Y son éstos deseos nacidos en la propia naturaleza del hombre, que nació para volar en aras de un amor inmenso y absorbente porque Dios así lo hizo. Es Dios quien ha sembrado en el hombre la inquietud de la libertad.

Dios no ha creado la esclavitud. Es el hombre el que se ha hecho esclavo: de sí mismo, de los hombres, y de todo lo que hay en la tierra: honor, poder, aristocracia, cualquiera que sea, placer y dinero.

El único libre es Dios, y por eso es el único Amor, y por eso puede dar todo cuanto quiere, sin límites ni cicaterías. Es Dios el único generoso y espléndido. Es Dios el más liberal, porque se posee sin miedo, porque tiene sin medida y porque se puede dar sin tasa. Se da a sí mismo y nos da a su Hijo, que es consustancial con El.

Sólo cuando llegara el hombre a ser dios podría ser libre y conseguir esa libertad tan pregonada, tan cacareada, tan de moda, pero tan, a la vez, lejana.

¿Puede el hombre llegar a ser Dios? Sin idea de panteísmo, el mismo Dios y la experiencia de los santos nos dicen y garantizan que para eso hemos sido creados y que él mismo Dios nos lo manda, ya que el primer mandamiento es amarle y amarle es hacernos Dios, porque el amor iguala con el Amado.

San Juan de la Cruz, bien asimilado, nos puede resultar de una eficacia carismática de cara a este aprendizaje de identificación con Dios por el amor.

En verdad no tiene explicación humana la visión antropológica tan enorme que se consigue con él, el conocimiento de Dios verdadero que se obtiene, que queda muy lejos de la caricatura del Dios de la inmensa mayoría de cristianos que se quedaron en traje de primera comunión.

La razón de la actualidad de San Juan de la Cruz y aun de su perennidad está en que escribe desde Dios lo que de Dios ha saboreado, y lo que en la luz de Dios sumergido ha visto de Dios y del hombre, y de todo el cosmos en movimiento en tránsito de recapitulación en El por el Cristo.

A él se le ha esclarecido la visión y él nos la da como puede, que siempre será menor de la que él recibió, vio y gustó, pero que nos ayuda e impele a entrar en su misma órbita teologal, antropológica y cósmica.

Para mí San Juan es el águila elevada sobre sus fuerzas, es el prototipo del hombre superpotenciado por las energías divinales.

Es el hombre activísimo porque ha participado del poder energético de la Sabiduría que es la fuente de energía superior a todas las energías.

Pero la divinización tiene un proceso; proceso ineludible. Primero, la purificación, la fragua de calorías inverosímiles, el trabajo del cauterio; el fecundo llamear de la Llama aún esquiva que lima, aprieta, desgasta, seca, pule, arranca de raíz el mal del ser.

Es duro de emprender este trabajo. Es más duro aún permanecer en él pacientemente y con mansedumbre. Pero es totalmente necesario si la Llama ha de llegar a no ser ya esquiva y a herir tiernamente en el más profundo centro del alma.

Es tan intensa su luz, que el alma se ve sin tapujos en toda su pequeñez y en toda su malicia y en toda su fealdad. De ahí el dolor y el desfallecer del alma.

Sequedades y apuros, angustias y desamparos, soledades y túneles negros. Y la suma pobreza.

Y el pensamiento de que Dios es cruel y está hecho un erizo con ella. Es un verdadero pequeño purgatorio el que padece.

Dios al quirófano es terrible.

Pero sin quirófano no hay curación de verdad, ni salud total, ni identificación con el Ser todo puro y eternamente sereno y dichoso en plenitud sin límites.

Lo que estimula a decidirse a tal empresa es saber que tras ella viene la pacificación total y el amoroso abrazo de Dios que ampara e identifica con El.

Llegada aquí el alma su anhelo vuela más alto: es la muerte de amor lo que desea y pide mansa y tiernamente. Morir de amor impetuosamente al compás del romper de la tela.

La imagen del cisne que nunca canta, sino sólo cuando muere, y entonces suavemente, es la pincelada poética de San Juan con que ilumina la gloria del justo que se va a decir los maitines al cielo, al tiempo que los ríos, tan anchos y profundos que semejan mares, van a desembocar en el océano de Dios.

Suena entonces el griterío de las alabanzas al justo que marcha a su reino, con un estampido que se oye desde los confines de la tierra.

Y el alma sube cargada de riquezas y de esplendor que Dios le deja ver para que ya empiece su gozo y se entreabra el estallido de su alegría.

¡Cauterio, fuego, llama, regalada llaga, mano blanda, toque delicado! ¡Qué obra tan maravillosa realizáis endiosando, ardiendo, amando, santificando, glorificando y llagando con la mayor llaga de amor al alma llagada, sanándola soberanamente por llagarla colosalmente!

Oh amador más curado cuanto más llagado!

¡Oh llaga que no cesas de llagar hasta que llegues del todo a llagar!

Y en el misterio de la llaga el serafín con el dardo fulminante que se clava en las entrañas y las revuelve, las incendia y las sublima en un amor calenturiento, impetuoso y sin límites.

Fuego de amor que avanza en oleadas siempre crecientes que inundan de felicidad ardiente toda el alma cada vez más llagada.

Mares de fuego en el alma que está engolfada en un universal mar de amor, y que siente tal dolor que sólo tiene igual en la dulzura.

Pero esta generación ha perdido la sensibilidad para captar esta onda de fuego y para percibir el tenue susurro de la mano blanda del Padre.

Es urgente reconstruir esta sensibilidad para que deje de aturdirse y endurecerse en el ruido y en la algarabía.

Esta es la tarea dura, lenta y delicada que emprendió AMOR Y CRUZ en sus cuatro ramas, pequeños granos de mostaza que intentan sensibilizar a la humanidad para que se deje acariciar por la brisa inefable y quiera cesar de ser impactada por las cosas creadas que enturbian su pureza e impiden su pacificación.

Brisa y toque que va de sustancia a sustancia. De sustancia de Dios a sustancia de alma. Y por eso tiene regusto de vida eterna. Que no se puede decir. Ni imaginar.

Porque estas cosas tan imponentes de Dios sólo se pueden experimentar, gozar y después callar.

Porque son como la piedra blanca del vencedor que tiene un nombre escrito que nadie puede leer más que el que lo llegó a recibir.

Lo cierto es que el hombre siente que toda deuda paga. Que recibe el ciento por uno de las tribulaciones que soportó y una luminosidad que contrasta cientos de veces con la tenebrosidad de los túneles que atravesó, de las oscuridades que sufrió, de las contrariedades que lloró, de los desamparos y de las soledades que nadie entendió.

Consuelos inmensos por desolaciones pasadas. Armonías sin límites por chirridos molestos.

Alegrías inmarchitables como máximo tanto por ciento.

Ya bien templada la copa recibe el licor exquisito que toda deuda paga.

¡Qué sabe el que no ha sufrido!

Más, ¡qué pena! Son pocos los que llegan aquí. No porque sean pocos los llamados, sino porque, de entre ellos, pocos han respondido que sí.

Se escabulleron del trabajo. Rehuyeron la cruz, y Dios se quedó esperando y con el Corazón lleno sin poderlo descargar.

Ante la inconstancia y la debilidad se frenó el amor de Dios.

Pero si nos diésemos cuenta de lo que importa padecer nos agarraríamos a la cruz con brazos y corazón, convencidos de la gran ganancia que ella nos reporta.

Animémonos los débiles a beber el cáliz ante las perspectivas de la obra de arte que es preciso realizar con su hiel y su vinagre. Con los trabajos espirituales más de adentro que nos reportarían bienes más de adentro.

Permanezcamos con paz y constancia perseverante en los trabajos que tanto bien nos merecen. Y alegrémonos de ser probados, pues la prueba superada hará que gocemos del triunfo de conseguir lo que queramos del palacio del Rey.

Esta es la suprema llamada: unir la inteligencia humana con la divina, y la memoria humana con la sabiduría divina y la voluntad humana con la divina. A ser dios por participación de Dios.

Llegar a ser absorbida totalmente en Dios, cambiando su negrura natural por la hermosura divina.

Hasta que el hombre quede convertido en una fiesta integral, rebosando el paladar de su espíritu un gozo inmenso de Dios.

Cántico nuevo canta, siempre nuevo y joven.

Dios le renueva y las palmeras elevan, como estrellas verdes de gozo eterno, su júbilo a Dios.

Opulentamente, Dios regala a este hombre que llega a gozar de tanto prestigio ante El, que merece como nunca.

Troquelar personas de tal fuste, repito, es la gran y difícil meta de AMOR Y CRUZ.

Llegar a poder deleitarse en la inextinguible hoguera de todas las lámparas llameantes que engolfan al hombre, transformado en resplandores amorosos, en la Primavera radiante e inmarchitable de las aguas caudalosas que descienden en absorbente catarata del Líbano, vergel de Dios.

Hay que destacar en la doctrina de San Juan la importancia de los deseos que para él son disposiciones para unirse con Dios. El deseo bueno, sobre todo el deseo de Dios, sólo Dios lo engendra. Y Dios no produce nada estéril. El no pondría deseos si no estuviera dispuesto a cumplirlos. Por eso el camino de los deseos lo es de realidades. Mucho quiere Dios dar cuando mucho hace desear.

Uno de los primeros historiadores de San Juan, Jerónimo de San José, declaró en los Procesos de Beatificación sobre la doctrina mística de San Juan de la Cruz que «donde los más aventajados escritores de ella parece acaban, comienza el ve­nerable Padre». Inestimable es la doctrina de la Canción tercera en los números 30 al 61 sobre la oración contemplativa. Léase muchas veces. Asimílese bien. Destaquemos por encima de todo la necesidad del silencio y del ocio santo para la contemplación. El daño que se puede causar a las almas y a la Iglesia. Desgracia de los maestros inexpertos en el arte de la dirección. Y después, en el número 62, otro daño proveniente de los mismos directores que atentan contra las vocaciones de consagrados.

Lo que importa de la oración no es la obra humana, sino la divina, y ésta hay que procurar por encima de todo.

Los mayores y mejores esfuerzos de San Juan van encaminados a hacer contemplativos.

Su pedagogía es distinta de la de Santa Teresa, que encamina hacia todos los grados de oración. Sin duda, porque el Santo Doctor suponía la doctrina de la Madre Fundadora hizo hincapié en la contemplación, y también porque lo requiere su sistema y la amplia experiencia de dirección, en que ha comprobado muchos desastres.

Insistentemente nos repite la diferencia de la obra divina a la obra humana, de la natural a la sobrenatural.

 

Alerta a los directores que su obra en las almas no es suya, sino del Espíritu Santo; que nunca deja de cuidarlas y quiere ungirlas con valiosas unciones, calladas y secretas, que si no son visibles cuando caen como el rocío sobre las almas, se manifestarán cuando ya las flores estén abiertas y perfumen con sus aromas deliciosos y cuajen sus frutos.

 

Que no las lleve el director a su gusto y estilo, sino trate de ver si conoce por dónde camina el Espíritu.

 

Que las dejen en soledad, libertad y sosiego y que les dilaten el horizonte. Cuídense mucho de pensar que no se hace nada y aparten de las almas el prejuicio de que están perdiendo el tiempo.

 

Es verdad que el alma no hace. Pero es soberana verdad que es Dios quien hace y realiza.

 

Es acción de Dios, y Dios siempre actúa como Dios. Mientras el hombrecito siempre será pequeño en su obrar y, por tanto, su ganancia débil y alicorta.

 

Y si el alma hace lo que le cumple, que es vaciarse y callar, es imposible que Dios no haga lo que El puede y quiere, que es comunicarse abundosamente, secretamente y en silencio.

 

Como es imposible que el sol deje de llenar de luz la habitación si se han abierto las ventanas o levantado las persianas.

 

Así como el sol está madrugando para entrar en tu casa, está Dios sobre las almas para comunicarse a ellas.

 

Dejad al artista soberano construir el edificio que sueña, preparando el solar del alma, vacío y solitario, sereno e inactivo, en silencio físico, afectivo y mental. Que El actuará de modo por nosotros desconocido e insospechado.

 

Esto es asunto de importancia suma, pues se arriesgan infinitos bienes y existe un peligro de pérdida infinita.

 

Pues a cambio de comer el alma un bocadillo de noticia corre el riesgo de impedir que la coma Dios a ella por entero, que es lo que Dios hace en la soledad y en la desnudez y desprendimiento total, cuando el Espíritu Santo derrama en ella tantas grandezas secretas.

 

Por eso, limpieza, silencio y soledad, vacío y paz en sencilla advertencia amorosa. Ese es el camino de grandes caudales, de inmensas riquezas. Ahí está el manantial limpio de las tranquilas y mansas aguas de Siloé.

 

Cuando el alma, que debe permanecer en silencio, trabaja con sus potencias hace como el niño a quien su madre quiere llevar en brazos y él grita que quiere ir a pie. Ni la madre ni el niño avanzan.

 

Si mientras el pintor está pintando le mueven el lienzo, ¡qué mamarracho sacará!

 

Dios quiere ya llevar al alma en sus brazos poderosos y pintar en su corazón la imagen de su Hijo. ¡Dejadle que trabaje! ¡Aquietaos! ¡Serenaos! ¡Apaciguaos! ¡Callaos! Que «las palabras de la Sabiduría óyense en silencio» (Ecl 9,17).

 

Que pronto amanecerá el fulgor de la aurora unitiva, en que las oscuras cavernas del sentido, que estaba oscuro y ciego, unificadas con la Suma Realidad, con extraños primores calor y luz darán junto a su querido.

 

Ese será el momento de recibir el empuje del Verbo, de tanta grandeza, majestad y gloria y de tan íntima suavidad, que semejará que todos los bálsamos y aromas perfumados y todas las flores del mundo se mezclan y estallan de perfume.

 

Y que todos los imperios y naciones, y todo el universo celestial, y el universo terrestre y sideral, y el universo infernal, se ponen en movimiento, arrastrando en su dinamismo todos los seres que contienen, poniendo de relieve las bellezas de su ser, fuerza, hermosura y gracias y gritando dónde está la raíz de su permanencia y de su vida.

 

Este griterío oye el hombre y le abre los ojos a la fenomenal catarata de luz que le impresiona: Dios todo en todos; y todos en Dios. Dios motor inmenso y todo por El. Dios sabiduría y energía suprema, Dios amor, Dios imperio, Dios renovador y recapitulador de todo en Cristo, Cabeza, Juez, Señor, Comida, Hermano y Esposo de los hombres.

 

Al despertar, el hombre ve el rostro de Dios lleno de gracias y moviendo todas las cosas con su fuerza. ¡Despiértanos e ilumínanos, oh Guardián de Israel, que nunca duermes ni reposas, para que conozcamos y amemos los bienes estupendos que nos tienes preparados!

 

Y resuena en lo más hondo del hombre una potencia inmensa, como un órgano portentoso y majestuoso en voz de multitud de miles y miles de virtudes nunca numerables de Dios.

 

Y el hombre queda fortificado e inexpugnable, suavizado y vitalizado de virtudes y de todas las prerrogativas de que gozan todas las criaturas, alentado por la mansedumbre y el trato amoroso del que le despierta a tanta plenitud de grandeza morando secretamente en su seno, donde tan delicadamente le enamora.

 

¡Dichoso este hombre que siempre siente que Dios está descansando y reposando en su seno, porque lo encontró puro y solo!

 

Oremos para que se mantenga solo, huya de inquietudes, viva sosegado y en paz para no inquietar ni perturbar el seno del Amado. Porque ahora ha encontrado la libertad que soñaba y que buscaba. La ha encontrado en el mismo Dios, que rompió todas las cadenas, que él llamaba pequeñas libertades cuando eran esclavitudes.

 

Rotas las cadenas lacerantes y mezquinas puede ya el hombre volar tan alto, tan alto, que dé a la caza alcance: el Amor de Dios, preciosa margarita, que es la libertad y la entrega total sin restricciones ni límites.

 

JESUS MARTI BALLESTER

 

jmarti@ciberia.es

 

El pensamiento de Santa Teresa de Jesús

 

El pensamiento de Santa Teresa de Jesús Un libro vivo para cada circunstancia y cada tiempo  

El pensamiento de Santa Teresa de Jesús

DICCIONARIO DEL PENSAMIENTO DE SANTA TERESA DE JESUS

Por Jesús Martí Ballester

EDICEP. Valencia- España

Es costumbre de Betania ofrecer reseñas actualizadas de libros que ya estuvieron en estas páginas. Hoy le toda a una de las obras más emblemáticas de nuestro ilustre colaborador, Don Jesús Martí Ballester. Y hemos decidido reproducir la reseña realizada por don Jerónimo Beltrán, Canónigo Magistral de la Catedral de Teruel, por considerarla de enorme importancia. Hay, tal vez, otra razón para volver a citar este libro del Padre Martí, hay rumores de que una importante editorial estaría intentando reeditar tan especial obra. He aquí la reseña de don Jerónimo Beltrán: “Termino de sumergirme con gozo en la lectura de un libro de EDICEP (Valencia). Un libro, que se debe al interés admirable de su autor Jesús Martí Ballester por hacer asequible y cercana a nosotros la doctrina de nuestros grandes místicos: Juan de la Cruz y Santa Teresa. Este sacerdote es además Fundador de la Instituci6n Amor y Cruz, que pretende suscitar almas contemplativas en medio del mundo que nos toca vivir.

Hasta ahora se había dedicado con éxito a verter en lenguaje modernizado la doctrina sanjuanista. Ediciones Paulinas; en los diversos volúmenes publicados, podrían testimoniar esta labor difusora. Y ahora nos llega --iniciado ya el cuarto centenario de la muerte de Santa Teresa-- su valiosa aportación. Con un libro que tiene por título;´Diccionario del pensamiento de Santa Teresa de Jesús: Un libro-homenaje a la Santa Reformadora del Carmelo, a la Mística Doctora de nuestra santa Iglesia.

Este volumen nos llega oportuno. Entre las diversas publicaciones, que a lo largo de este año están saliendo en torno a la Santa de Ávila, merece capítulo aparte. Porque sencillamente es distinto. Y ofrece, como el propio autor dice en la introducción una ayuda eficaz a quienes, por carecer de tiempo para adentrarse en el mar de las Obras Completas de la Doctora Mística, quieren, sin embargo, conseguir una rápida noticia de su pensamiento.

En efecto, Jesús Martí Ballester, que conoce en profundidad la doctrina teresiana, nos guía con fidelidad por el sorprendente mundo de la Santa. El solamente introduce y ordena. Y deja que Santa Teresa hable, que siga resonando su vigoroso y llano estilo, su palabra encendida. Lo que aquí encontramos es el misterio cristiano, experimentalmente vivido por la gran mística castellana. El guía, no obstaculiza nunca. Nos hace extasiarnos ante el vasto y teológico horizonte en que nos adentra.

Podríamos decir que la lectura de este libro no es lineal, sino concéntrica. Como si afirmáramos estar al lado de un paisaje montañero, que nos ofrece ininterrumpidamente panorámicas y perspectivas distintas. Pero en algún sentido, idénticas porque tras todas ellas adivinamos "el Dios escondido” la idea central, el hilo conductor de la límpida fuente teresiana. Por esto este “Diccionario” podría llamarse: “teológico”. Una especie de “vocabulario" en el que se unifican los temas teológicos de más envergadura en Teresa de Jesús. El autor ha tenido paciencia para presentarnos en apretado haz lo más significativo de su doctrina. Ha ido espigando en su vastísima obra y aquí tenemos hacinadas para nuestra ventaja y comodidad, sus principales ideas. Todos sabemos que Santa Teresa es espontánea cuando escribe. Lo hace por obediencia, y es frecuentemente reiterativa. En este Diccionario de su pensamiento todo eso se suaviza.

En ocho diferentes apartados se distribuye la materia. Dios y sus atributos; Jesucristo y la Iglesia; Sacramentos y virtudes teologales y morales. Se nos recuerdan con detención los vicios que pueden afear la vida cristiana, y después de hablar de las profecías y milagros, se menciona el mensaje de la Santa en torno a los Novísimos.

Bajo estos sugestivos y teológicos apartados se nos invita a adentrarnos en la doctrina de la Gran Maestra de la vida cristiana. Ella es la que se comenta a sí misma. Porque más que comentadores o traductores de su pensamiento, lo que necesitamos hoy son lectores inteligentes que se acerquen a su obra. En este sentido, el libro de don Jesús Martí Ballester prestará servicios inigualables. A los que quieran hablar sobre la Madre Teresa; a los que quieran conocer más a fondo su mensaje, este libro les resultará enormemente útil. Y les ahorrará muchas horas; porque gracias al esfuerzo del autor se nos ha ofrecido lo sustancial de la Santa.

El Diccionario aparece prologado por dos figuras preeminentes de nuestra literatura ascético-mística: El padre Efrén de la Madre de Dios, carmelita y el padre Royo Marín, dominico. Ambos son conocedores de la Mística Carmelitana y ambos elogian el esfuerzo que supone esta publicación muy bien editada.

Resumiendo. Doy gracias por haberme encontrado con este libro. Porque es un libro vivo para cada circunstancia y cada tiempo. Su lectura significa un encuentro nuevo, virginal -me atrevería a decir- con la doctrina de Teresa. La introducción que ocupa solamente 12 páginas no tiene desperdicio. El mismo autor nos traza una semblanza biográfica Y nos sumerge con claridad en la obra de Santa Teresa como Reformadora, Escritora. Y Doctora de la Iglesia”.

JERONIMO BELTRAN

CANONIGO MAGISTRAL DE TERUEL

 

 

VIDA DE TERESA DE JESUS LEIDA HOY

Razón de este ensayo

En busca de lectores. Ha escrito Julián Marías refiriéndose a san Juan de la Cruz, que el autor, por muy santo que sea, prefiere tener lectores más que estudiosos. Este ensayo esta

en la misma longitud de onda: pretende conquistarle lectores a santa Teresa.

Con el mismo pensamiento de Teresa y de acuerdo totalmente con ella, trato yo sus escritos como medio de aprovechar y de servir a los hombres. Quiero hacerles fácil lo difícil. Convencido por experiencia del crecimiento que engendran y de la luminosidad, amplitud de horizonte y fortaleza que aportan al vivir el hecho cristiano, me propongo ayudar a leerlos hoy.

Dilatar la audiencia selecta de Teresa en estos <tiempos recios» de secularismo, materialismo y consumismo instigado por la formidable publicidad, cuando el cristianismo sociológico se está quedando a la intemperie y se hace imperiosamente necesaria la formación de cristianos interiores profundos y sólidos, «amigos fuertes de Dios», es el fin de este ensayo; intención, pues pastoral y dilatadora, afán de repartir el pan robustecedor teresiano, que ahonde y vivifique las raíces, tras haberlo vitalmente comulgado.

La santidad. La iglesia de los Hechos y la de las persecuciones y aún la de la patrística, tuvo muy clara la vocación a la santidad; pero nunca, desde entonces, había sido sacada a la calle, como en estos últimos años en que el Vaticano II, con el evangelio, la ha propuesto como meta a todos los fieles, de cualquier clase, estado, edad y condición. Puestos a renovar estructuras y legislaciones, hay que adecuar también al pueblo de la base la teología espiritual. Un urgente impulso de proporcionar alimentos sustanciales e integrales al pueblo de Dios, llano y sencillo, está en la raíz de este intento de democratizar la doctrina teresiana, como antes hice con la sanjuanista. Ante los resultados sumamente satisfactorios, pues son muchas las personas consagradas, y no sólo los laicos, los que saborean y profundizan manjares tan luminosos y puros, evangélicos, nutritivos y maduradores, y muchos los lectores que me han estimulado con sus comunicaciones, continúo, confiado, mi trabajo literario y pastoral.

Es indudable que santa Teresa quiere tener más lectores, pues para eso Dios le concedió el carisma de decir lo inefable y su experiencia de Dios la capacita para anunciarnos el Reino. ¿Acaso el Espíritu no ha suscitado las nuevas versiones de su Palabra para que crezca el número de lectores porque la entienden?

Las versiones de la Biblia y de la liturgia a las lenguas vivas. Esta renovación necesaria tiene la misma intencionalidad y fin que la traducción de la Biblia y la de los textos litúrgicos a las lenguas vivas, para que el pueblo pueda entender y descubra el meollo con el máximo provecho, comiendo pura sustancia.

El pueblo, no sólo la aristocracia de los fieles, ya que en lenguaje cristiano no existen fieles de primera y de segunda.

Urge la restauración. Qué más quisiéramos que todos pudieran digerir y gozar de la bella prosa de santa Teresa, tan poblada de símbolos y de imágenes incrustadas en su vibrante narrativa. Pero hoy se lee poco eso. La literatura actual es más superficial, y el lector de la cultura de la imagen y de la informática carece de resortes para mantener la atención, a veces en medio de párrafos larguísimos que hoy ya no tienen gancho. Sus elipsis e hipérbaton frecuentes, los anacolutos atribuidos por Mancini a la impericia de la escritora, aunque ella los emplea para imprimir más vigor a su estilo, restan al concepto claridad.

Lo que se ha hecho en esta versión. En la renovación de los edificios arcaicos, nobles y traspasados de historia, verdaderos monumentos nacionales, puede seguirse un procedimiento sabio, ecléctico, mezcla de estilo conservador y renovador a la vez, que deje al monumento esplendoroso con luces cruzadas de clásico y moderno.

Teresa es joven porque Dios lo es; pero la lengua envejece, de donde el origen de la Academia de la lengua que «limpia y da esplendor».Los académicos, como orfebres, renuevan el lenguaje que crea el pueblo y los grandes escritores esculpen, y van aparcando las voces arcaicas que tocan menos las zonas de interés, sensibilidad y psicología actuales, y, necesariamente, por temporales y cambiantes, las de mañana.

No hay en esta versión ni esquemas ni modernismo a ultranza los esquemas nos la harían más ininteligible aun. El modernismo radical la despojaría de su gracejo, sonoridad y elegancia. Ni someterse servilmente a la letra, ni aceptar sin discernir la expresión actual, con peligro de desvanecer el texto original.

Pero sí una mimosa y delicada poda que expurgue las anomalías fonéticas, las metátesis y alteraciones de vocales, y revise los arcaísmos y coloquialismos, las frases proverbiales y las construcciones de verbo en singular con sujeto plural, especialmente el relativo que, y algunas otras, para paliar la poca variedad de vocabulario.

En algunos pasajes he tenido que hacer equilibrios para desenmarañar la madeja, cogiendo como con pinzas uno a uno los vocablos para engarzarlos, aclararlos, ordenarlos hasta dejar los párrafos diáfanos e inteligibles.

Algo semejante ha ocurrido con la supresión de paréntesis para integrarlos en el texto con el fin de evitar la disgregación, y la explicitación de la elisión frecuente. Y, en todo, una fatigosa búsqueda de claridad, especialmente cuando describe situaciones psicológicas místicas, como mistagoga, que es cuando más se enrolla. A pesar de ello, algunos característicos incisos se han resistido al tratamiento.

Mi secreto estriba en conservar lo genial de Teresa y ayudarle en sus carencias y anomalías, poniendo a su disposición los recursos de un lenguaje más desarrollado, y aportarle cla-

ridad, teniendo siempre muy en cuenta a los lectores. Tipográficamente también viene aligerada la pesadez de los párrafos largos, al fragmentarlos en otros más breves.

Los comentarios. En los comentarios y notas trato de esbozar algo la historia, situación y geografía de algún pasaje, y la visión en perspectiva de su vida y formación literaria, humana, espiritual. Unos acentúan su personalidad y psicología, otros los planes de Dios y su acoso, las crisis y oscilaciones de Teresa, la acción de la gracia con la jugosa infusión de amor, su afectividad y entorno, sus lecturas, sus modos de oración y el porqué de su larga etapa de oración ascética; influencias de otros autores, causas de sus enfermedades, relación y concordancia de su teología con la de san Juan de la Cruz, y la influencia del mismo en su teología; mientras unos destacan costumbres y errores de su época y pergeñan apuntes de teología y el genuino concepto de la mística, señalan otros el desatino o el acierto de sus maestros. Se deducen también aplicaciones prácticas a nuestro momento y se indagan los lugares paralelos de sus obras; descubro su base bíblica y los nombres de personas con quienes se relaciona y que protagonizan con Teresa hechos que ella nunca menciona; detallo algunas fechas y matizo el fin específico de la Reforma y las diferentes edades de la Santa.

En fin, vienen a ser los comentarios un seguimiento de la trayectoria de Madre Teresa que amplifica, completa y enriquece su interesante narración.

4.    Origen de esta iniciativa

Pero la iniciativa de este «arreglo» no ha venido sola. Ni ha nacido por generación espontánea. Antes hubo una raíz viva, y de la raíz brotó la versión. La raíz fue Amor y Cruz, que germinó y nació en la Iglesia, entre otros fines, para vivir y difundir el mensaje de Teresa y de Juan de la Cruz en y a través de pequeñas comunidades contemplativas en el mundo. Este año 1992 se cumplen los veinte de su erección canónica en la Iglesia para su servicio. Un sacerdote testigo de la segunda etapa de su crecimiento, nos ofrece su testimonio como saldo de la deuda que afirma tiene pendiente con la Institución. El que escribe es hoy un prestigioso catedrático Facultad de Teología de Valencia, y se expresa así: "Eran los tiempos del final de la década de los 60, recién estrenado el concilio Vaticano II. Por entonces cursaba mis estudios filosóficos y teológicos, previos a mi ordenación sacerdotal. Amor y Cruz me puso sobre la pista de un cristianismo y de una santidad que en el siglo XX se alimentara de la herencia espiritual de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz.

Me pareció entonces que también aquí se asumía «el valor divino de lo humano», a saber, el valor cristiano del trabajo, de lo secular, de la civilización urbana en que se vivía, un poco al estilo como eran asumidos positiva y críticamente por la Gaudium et Spes del Vaticano II. Pero la aportación específica de Amor y Cruz era la reivindicación de la experiencia de Dios, de su absolutez y señorío, de sus derechos sobre la obra de sus manos, precisamente en un mundo secularizado. No se andaba lejos de la experiencia de otros cristianos que en otras latitudes, llamarían <un camino monástico en la ciudad» (cf. Fraternidades Monásticas de Jerusalén).

La obra Amor y Cruz trataba de encontrar y ofrecer su identidad como carisma al servicio de la Iglesia en el momento presente. Quizá sea poco, y también demasiado, decir que era una exigencia de espíritu, una sed de Dios en este nuestro mundo con preocupantes rasgos y riesgos de autosuficiencias de olvido de Dios y olvido del hermano. Amor y Cruz buscaba una radicalidad en la experiencia de Dios en el mundo, para la que no encontraba mejor escuela que la de Teresa y Juan de la Cruz. Era un plato fuerte. Era una oferta y un reto que cuestionaba la teología excesivamente racionalizada y la pastoral humanista y mediocre, por antropocéntrica y reduccionista.

La amplitud del horizonte eclesial en que me estaba formando y la ambivalencia de sentimientos de fascinación y de distanciamiento que me despertaba la fuerte presencia de la personalidad carismática del Fundador, me hicieron permanecer a la expectativa. Pero incluso así me enriqueció la relación con "AMOR Y CRUZ".

Y creo que el Espíritu de Cristo resucitado no ha dejado de reconducirme una y otra vez, e incluso después de algún gran rodeo, a «la fonte que mana y corre», escondida en el «vivo pan por darnos vida».

De hecho fue Amor y Cruz quien me puso en la pista de despegue para el cultivo de una de las dimensiones más fundamentales de mi vida. Es deuda que he tratado aquí de reconocer, aunque luego los caminos que seguimos fueran ya muy diversos. José Vidal Taléns. Sacerdote»

.5. Actualidad del mensaje de Teresa

Dios quiso hacer de Teresa un testigo de Jesús resucitado, como hizo a Juan y a Pedro y a los apóstoles. Esta elección la convirtió en mujer nueva, capacitada para testificar con su vida lo que había sto y oído.

Y el mensaje que aportó Teresa a la Iglesia de su tiempo fue principalmente el de la imperiosa necesidad de orar, como camino para amar, cuando la oración mental, fruto de la devotio moderna, que había degenerado en puro juego de silogismos, era desconocida y peligrosa. Los teólogos escolásticos oficiales de entonces, carecían del conocimiento de este don. Decía fray Domingo de Soto que «si no era con el evangelio delante no sabía pensar en Dios, que, como era invisible, no sabía qué pensaban algunos hincados de rodillas dos horas delante del altar, que él no podía hacerlo". Otros, tanto o más calificados, tuvieron expresiones todavía más inauditas y lamentables. Melchor Cano ataca los «Comentarios sobre el catecismo cristiano» de Bartolomé Carranza porque divulgan la oración mental entre todos los cristianos. Por la misma razón acusaba a fray Luis de Granada, y hasta veía en la oración mental peligro para el desarrollo normal de la sociedad.

Se comprende, sólo con asomarnos a aquel ambiente, que Teresa tuviera dificultades, y no sólo las sociales. En una atmósfera, no sólo poco propicia, sino hostil, cuando sólo el pensamiento de buscar la interioridad era peligroso (se temía el erasmismo y el alumbradismo), Teresa se abre camino y ofrece con contundencia el mensaje de aquel momento, para aquel momento. Y en medio de la tormenta se abrió camino, ¡y qué camino!

Creo que no hay en toda la historia de la Iglesia un panegirista de la oración más caracterizado, elocuente y persuasivo que Teresa en obras y en palabras. Fue su gran divina intuición.

Hemos vivido unos años de verdadera algarabía en torno a la oración. Y no sólo en la Iglesia Católica sino también en las separadas. Sobre la oración primero fue el silencio. Después la calumnia. Luego la omisión. Y ahora que se habla más de ella, creo que se habla más que se ejerce. Mientras avanza el desierto.

Con la teología radical de la muerte de Dios, no había posibilidad de diálogo con un Dios muerto. Con la crisis y falta de fe, Dios no interesaba al hombre. La autonomía del hombre descartaba el trato con el Ser trascendente. Más, se le consideraba rival y amenazante. Estorbo para el desarrollo humano. Con la secularización y la desacralización, el trato con Dios era una forma alienante de la personalidad. Le escasa coherencia de los orantes profesionales, daba origen a acusar a la oración de evasión y desencarnación de la vida.

En esta situación, como en la suya, no más fácil, ni menos difícil, Teresa alza la voz y nos dice: «que nadie tomó a Dios por amigo que no se lo pagase». Y se pregunta: ¿Por qué no hacen oración? <Por cierto, si no es para pasar con más trabajo los trabajos de la vida, yo no lo puedo entender, y para cerrar a Dios la puerta para que no les dé alegría en la oración. Cierto, les tengo lástima, porque a su costa sirven a Dios; porque a los que hacen oración el mismo Señor corre con el gasto, pues por un poco de trabajo les da gusto para que con él se pasen los trabajos».

La oración es importantísima, pero no lo es todo. El primado es del amor, pero sin oración el huerto no produce flores, es decir, ni amor ni valores humanos, ni virtudes evangélicas, y las bienaventuranzas sin ella yacen marchitas, heladas: «Que para esto es la oración, para que nazcan siempre obras, obras, obras», que en el pensamiento de la maestra equivalen a virtudes. <No pongáis vuestro fundamento sólo en rezar y contemplar; porque si no procuráis virtudes y no hay ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas».

Es decir, sin oración no hay cristianos. Y sin cristianos no puede haber "nueva evangelización», al menos en profundidad. Por eso Juan Pablo II, promotor de la misma, ha dicho que «el mensaje de santa Teresa conserva hoy toda su verdad y fuerza» y pide «que el pueblo cristiano se ponga a la escucha del mensaje teresiano».

6.    Recapitulación

Casi telegráficamente he pasado la cinta de la densa, extensa e intensa vida de Teresa de Jesús, buscada por Dios y, afortunadamente, encontrada, transformada y henchida por Él y de El, para convertirla en poderoso instrumento de renovación eclesial. Hemos seguido el camino que ambos anduvieron juntos, como esposos enamorados e identificados (1). He dado razón de cómo Teresa se hizo escritora (2) y de por qué y cómo yo he puesto mis manos junto a las suyas para «arreglar» la obra genial de su Vida, «su alma», «el libro grande de las misericordias del Señor», que todos estos son los títulos con que esta mujer predestinada lo designaba (3).

Si ella desnudó su alma con delicado pudor porque se lo mandaron, y se alegró de haberlo hecho para revelar el paso de Dios en su vida y su ingratitud y para «engolosinar» a los hombres y determinarlos a emprender «el camino del amor», yo me he atrevido, de rodillas, a «arreglar» esta epopeya, como se están adaptando, con éxito, tragedias clásicas y partituras musicales colosales del pasado. En el origen de esta iniciativa resumo el testimonio del sacerdote José Vidal, que nos confirma la madurez de los frutos (4), cuando se abre la esperanza de nuevas primaveras.

He esbozado por último la actualidad del mensaje de Teresa, testigo de Jesús resucitado, avalado por argumentos históricos y el magisterio de Juan Pablo II (5).

Si ahora volvemos la página y entramos a leer lo que nos dice Teresa y a escucharla, y perseveramos con ella, os aseguro que terminaremos proclamando como los samaritanos:

"No creemos ya por tu palabra, pues nosotros mismos hemos oído y conocido, que éste es de verdad el Salvador del mundo» (Jn 4,42).

JESÚS MARTÍ BALLESTER

 

CUATRO NIVELES DE ORACION DE SANTA TERESA LEIDOS HOY

PRESENTACION                    

AL LIBRO CUATRO NIVELES DE ORACION DE JESUS MARTI BALLESTER

(por el Padre Efrén de la Madre de Dios. OCD).

LO MAS HERMOSO de las cosas es lo que tienen de Dios. Estamos ante un libro delicioso, que versa sobre el agua, el agua que en Valencia se convierte en vida vegetal, y que en Castilla, por arte de santa Teresa, se convirtió en vida eterna por su paralelismo con la gracia cristiana que santa Teresa puso en evidencia en esos capítulos fascinantes de su Vida (cc. 11-22), que son tema de tu delicada obra, Cuatro niveles de oración...

Lo más hermoso de una flor de pétalos delicados, como tejidos en el aire, perfumados con esencias increíbles, pintados con los colores más peregrinos, es verla brotar de un tronco adusto y espinoso, que por muy incompatible que parezca es "lo suyo"; esa flor que nace en el extremo de una planta espinosa no nacería en la punta de una tierna escarola. Misterio de la tierra que evoca los misterios de Dios. Esa misma agua en la que también tú nos recreas no nace de la punta de un naranjo, sino de un manantial que brota de las entrañas de una tierra adusta o de unos peñascales abruptos y áridos, que parecen incompatibles con la cristalina fuente que mana de allí como la cosa más natural.

¡Misterios de la tierra, evocación de los misterios de Dios!. El agua surge del erial y del peñasco; la flor, de un tronco espinoso; y la gracia de Dios, "flor de las flores", del Arbol de la Cruz. No cerremos los ojos: la gracia cristiana, la más hermosa y delicada de las flores, no brota tanto de Jesús adolescente entre los letrados del Templo, ni de las Bodas de Caná, donde El convierte el agua en vino, sino de la peña del Calvario cuando El, inclinada la cabeza, exhala e] espíritu, de puro dolor, de un amor que se entrega sin condiciones, alcanzando el perdón de aquellos que "no saben lo que hacen".

Este libro que nos ofreces, querido don Jesús, es una flor de pétalos blancos, sedosos y puros como la nieve de Navidad. Mi curiosidad querría encontrar la conexión que une a tu vida sacerdotal ese temario tan sugestivo que nos ofreces en todos tus libros; pero más llamativamente en este del agua, de esa agua que san Francisco llamaba "la hermana agua, preciosa en su candor, que es útil, casta, humilde; ¡loado, mi Señor!".

Cuando pretendo hacer el recuento de tu vida, recuerdo páginas brillantes, que prometían de ti un insigne porvenir. Criado en un ambiente de intensa cristiandad, parecías un superdotado en la palabra y en la pluma.

Desde tu juventud te deslizaste por las corrientes de la más noble literatura y de una elocuencia inflamada, contagiosa. Prometían tus dotes naturales ser una eminencia gloriosa en la oratoria y en la pluma, acompañadas de un físico retador, hecho para triunfar en todos los frentes. Te viste encerrado desde el principio en la humilde parroquia de Sinarcas pero el eco de tu voz tras tus oposiciones a Magistral de la Catedral de Valencia y el aroma de tu ejemplo sacerdotal, que perfumaba el ambiente, hizo que se percatasen de tus valores humanos y te llevasen a Carcagente, ciudad feraz de la campiña valenciana. Allí fueron tus charlas radiofónicas y tus solicitadas predicaciones que sacudieron las conciencias adormecidas y te hicieron ser conocido.

Si hubieses pensado sólo en ti, te veías en un pedestal prometedor para triunfar en todo lo humano. Pero el peñascal, que eras tú, se endureció en sí mismo, y en vez de ser tú el vergel, preferiste ser manantial, para que los vergeles fuesen otros, otros campos, regados con las aguas que brindaba tu peñascal.

Y Dios te selló con el carisma de Fundador, fundador de una obra entrañable, revestida con tus dos divisas: Amor y Cruz. No disimulabas. Era tu vida: en ti nacía todo el Amor que Cristo te había confiado como "cinco talentos" para que los negociases. Y la Cruz, que de pronto no imaginabas que lo fuera de verdad, era el eco auténtico de tu "primer amor". Y no te dabas cuenta de que, como Cristo, te habías comprometido con la Cruz. Y tu obra, que parecía ser una corona de laurel, se convirtió, como la de todos los amigos de Cristo, en corona de espinas.

¿Cómo no ha de ser amado un varón de Dios que sólo piensa en ser fuente y repartir el agua para los demás, quedando él, como el peñascal, sin gota de agua?

Yo diría, querido don Jesús, que esa divisa de "tu Cruz" es la respuesta de Aquel a quien te consagraste. El te quiere unir consigo, y no en la Transfiguración, sino en la Cruz del Redentor. Eso veo en las corrientes de agua que manan y corren por el canal de tu presente libro. Es el símbolo de tu vida, la respuesta de tu Amigo: No temas, que Yo estoy contigo.

Abrázate a tu suerte y no te dejes llevar por el vaivén de las opiniones terrenales, que suelen ser tanto más fugaces cuanto más falaces. Métete en las corrientes del "agua viva", y recuerda las palabras de tu maestro, san Juan de la Cruz:

"Aquí se está llamando a las criaturas, y de esta agua se hartan, aunque a oscuras, porque es de noche''.

    Con un abrazo.

Fr. EFRÉN DE LA MADRE DE DIOS, OCD

 

ESCUCHA ISRAEL

1. Creo en la Palabra. Ha dicho el Concilio que "Cristo está presente en su Palabra" (S.C. 7). El es la Palabra de Dios que se hizo hombre (Jn 1, 14). Y con ella se hizo todo (Jn 1, 3). Y nada se ha hecho sin la Palabra: "Y dijo Dios: Que exista la luz. Y la luz existió" (Gn 1, 3). Pero la Palabra, siendo débil, es poderosa hoy, como Cristo, que tiene todo el poder (Mt 28, 18), pues se lo ha dado el Padre, y "Cristo es el mismo hoy que ayer y será el mismo siempre" (Hb 13, 8). "En Cristo Señor se consuma la revelación total del Dios sumo" (DR 7). Y su Palabra proclamada actúa hoy con su poder infinito y construye el Reino, como creó el mundo con el Padre y el Espíritu. "Y lo sostiene con su Palabra poderosa" (Hb 1,3). "Que es viva y enérgica, más tajante que una espada de dos filos" (Hb 4, 12).

Por eso hoy sigue sanando, construyendo, edificando, consolando, fortaleciendo, llenando de alegría al pueblo que la escucha: "Dichoso el que escucha la Palabra de Dios". "Dichosos vosotros que podéis oir lo que tantos profetas y justos quisieron oir y no oyeron" (Mt 13, 17).

Como Cristo se nos entrega envuelto en las especies eucarísticas, viene también a nosotros en el pobre, débil y desvalido soporte de la palabra, que se convierte en sacramento (Pascasio Radberto), "sacramento oíble", sacramentum audibile (San Agustín). Dios se humaniza en nuestros frágiles medios de comunicar nuestros sentimientos, de relacionarnos con los hombres, de construirnos como personas. Y así como mediante el vehículo de la palabra el corazón humano puede colocarse en los otros corazones y habitar con sus diversos sentimientos en ellos, la Palabra puede habitar en los corazones de los hombres.

El Vaticano II ha declarado solemnemente: "La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo" (DV 21).

La Palabra realiza lo que dice por su propia eficacia, aunque el sacramento acaba de actualizar con una especial plenitud el misterio cristiano (Rahner).

Pablo experimentó la actividad actuante de la Palabra: "Al oírnos predicar el mensaje de Dios, no lo acogisteis como palabra humana, sino como lo que es realmente, como palabra de Dios, que despliega su energía en vosotros los creyentes" (1 Tesa 2, 13).

2. Porque creo en la Palabra, me he impuesto la tarea de escribir este libro sobre la Palabra de Dios, como el mejor servicio a su pueblo. Se puede pensar que escribir un libro de homilías resulta fácil. Y no lo es, ni en cuanto al fondo, que es insondable, ni en cuanto a la forma, que tiene que haber variado muchísimo en estos últimos años. Hemos pasado de los sermones científicos y retóricos, a las homilías de media hora o más, que eran verdaderos tratados. De aquellas, a las actuales, que deben ser más breves. Las de hoy deben ser una "parte" más de la liturgia de la Eucaristía, que "a partir de los textos sagrados" (SC 52) explica la palabra, y la ve actuante hoy en el mundo y en los hombres, con la misión de introducir en la fracción de la Palabra eucarística, para hacer su manducación más constructiva, provechosa, eficaz y redentora. Más salvífica.

3. Porque creo en la Palabra, pienso que la homilía, ante todo, debe ser palabra de Dios, más que palabras humanas, siempre frágiles e impotentes, y más que discursos y razones humanas, por muy lógicas y organizadas y originales y elocuentes que se presenten. Porque "Como en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría, Dios quiso valerse de la necedad de la predicación, para salvar a los creyentes" (1 Cor 1, 18).

4. La homilía debe relacionar la palabra del Antiguo Testamento con la del Nuevo, para hacer patente que el Señor ha ido revelando progresivamente su plan salvífico. Las lecturas del Antiguo Testamento han sido elegidas para ilustrar y preparar la del evangelio. Con el salmo, eco y prolongación de la primera, son el primer centro de interés. Su relación, que es muy enriquecedora, nos demuestra que la doctrina de Jesús está muy enraizada en la tradición judía y en los modos semíticos de expresión, y que Jesús se sirvió del Testamento Antiguo en su formación religiosa y en su predicación. El segundo centro de interés es la lectura de las cartas. Tienen gran importancia, por cuanto la Iglesia se basa en su testimonio. Esta abundancia y penetración, ofrece más claro y dinámico el mensaje que traen envuelto las palabras. Lo hacen más actuante y transformador, más sanante y consolador y más letificante. Por eso San Pablo quiere que "el mensaje del Mesías habite en vosotros en toda su riqueza" (Col 3, 16).

La palabra es la que engendra la fe o la profundiza y acrecienta, si ya existe, pues "La fe nace del mensaje". En la carta a los Romanos, Pablo hace una afirmación que es la que conduce a la homilía genuína: "El mensaje consiste en hablar de Cristo" (10, 16). Palabra de Dios, que es Cristo. "Una sola Palabra habló el Padre, que es Cristo, y después se ha quedado mudo" (San Juan de la Cruz). Cristo predicado. Su vida, su pascua. Su muerte y resurrección, su glorificación en los cielos. Su kerigma. La vida sacramental querida por él. Ni fábulas, ni teorías, ni menos sociología, o temas abstractos. Cristo. La gente quiere oir hablar de Cristo. Y necesita a Cristo. Y Cristo les transforma y cambia sus vidas, porque alimenta y aumenta su fe "que nace del mensaje". Tanto más cuanto que, desaparecidas casi las predicaciones extraordinarias tradicionales, no nos queda otra oportunidad de anunciar la palabra, que la homilía dominical.

5. Ordena el Concilio: "A fin de que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fieles, ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia" (SC 51). Por esa disposición, han sido sabiamente seleccionadas las lecturas de los domingos del tiempo ordinario, consiguiendo que la del Antiguo Testamento y el evangelio anuncien temas paralelos.

6. Descubrir la conexión y relación de las lecturas, es enriquecer el mensaje. Quedarse por tanto, en la reflexión del evangelio prescindiendo del Antiguo Testamento, no sólo es causa de monotonía, sino que empobrece el mensaje. Pues "Dios, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo. Ya que los libros del Antiguo Testamento adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo" (DV 16). Es lo he que he intentado hacer. La conexión de las lecturas apostólicas no hay que buscarla en el Evangelio ni en la primera lectura, sino en el domingo anterior y en el siguiente.

7. Estas homilías están pensadas para ser narradas; se dirigen más al corazón profundo, que a la inteligencia. No son una argumentación al estilo del Eclesiastés 8, 17; ni una apelación, según el modelo del Exodo 20, 13, sino una narración, a modo del Deuteronomio 26 (Lohfink), para que el oyente se identifique con los personajes de la misma, con sus estados de ánimo y con sus decisiones, con sus sentimientos, con su oración, con su dolor, su arrepentimiento, con su confianza y amor, porque psicológicamente, el sentimiento transforma más que el raciocinio. Bossuet, que es uno de los predicadores que no ha perdido actualidad por el profundo contenido de Palabra que nutre su predicación, dice: "Dios a veces da a los predicadores no sé qué fuerza aguda que, llega a encontrar aquel pecado que nosotros escondíamos y que duerme en el fondo de nuestro corazón". Y se cumple lo que ha dicho Isaías: "Como baja la lluvia y la nieve de lo alto del cielo y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión (55, 19).

8 Esta certeza del fruto de la palabra es una gracia de Dios que mantiene el optimismo en el ministro y le estimula a prepararse más y mejor. Pues viene garantizado por la misma promesa de Dios, aunque no lo vea.

9 Por otra parte, la narración concuerda más que otros géneros con la mente del Concilio, que afirma que la homilía "es una proclamación de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación o misterio de Cristo, que está siempre presente y obra en nosotros, particularmente en la celebración de la liturgia" (SC 35).

10 Dios está presente y operante en su palabra. Pero, como esa acción en la Iglesia y en el mundo es mutante, no puede ser estereotipada en un libro que permanece, y tendrá que ser objeto de discernimiento del predicador en el transcurso de los días y de la historia.

11 La homilía ha de ser una noticia confiada, alegre y esperanzadora, porque el evangelio es una buena noticia, y Dios no ha empequeñecido ni paralizado su mano (Is 50, 2), sino que actúa siempre y redime siempre y salva siempre. Por eso, la alegría de su salvación ha de manifestarse con claridad y con rotundidad. Con magnífico optimismo. La Palabra, más que abrumarnos por nuestras maldades, y hundir a los hermanos por las suyas, quiere estimular por la fidelidad de El, que es eterna e inmutable; por la confianza que demuestra en el hombre; y por sus proyectos maravillosos de salvación y de pacificación y no de aflicción Jeremías 29, 12. Espontáneamente ante el amor de un Dios que ama infinitamente al hombre, en quien eternamente piensa, y al que busca enamorado, y al que lleva en su mano tatuado, el hombre y el cristiano se siente conmovido y movido a amarle, sin gran necesidad de usar la reprensión, ni menos la amenaza.

Santa Teresa del Niño Jesús escribió que le atraía más el camino del amor que el del temor. Esto, que le ocurría a la Santa del "Caminito de la infancia", es común a todo ser humano. Lo positivo estimula; lo negativo oprime.

12. He querido que cada homilía tuviera su parte contemplativa y oracional, de alabanza, de admiración, de acción de gracias, de impetración, seleccionando los versículos del salmo responsorial, parafraseándolos, relevándolos, remarcándolos, y dejándolos después a la propia responsabilidad del lector.

13. No he olvidado el paso al rito. Es decir, a afirmar que estas palabras se están cumpliendo hoy en nosotros y en el mundo, porque el sacrificio de la eucaristía no deja al mundo como está, ya que llega a su raiz, y la sangre de Cristo otra vez derramada, entra por las grietas cósmicas y transforma al mundo misteriosamente, pero realmente.

14. La acción de la Palabra debe trascender al mundo social, donde las consecuencias de la transformación construyen el mundo nuevo. Como ocurre en la conversión de Zaqueo: "Restituyo cuatro veces lo robado, y doy la mitad de lo que me quede a los pobres" (Lc 19, 8). Pues "La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra"(GS 39).

15. Cada homilía del Papa Juan Pablo II está siempre y toda escrita de su mano, de comienzo a fin porque es tarea primordial e ineludible, no delegable, de todo sacerdote, el hacerse instrumento para consagrar el pan y el vino, para perdonar los pecados y lo mismo para explicar la Palabra de Dios (Messori). Así lo reconocieron los Apóstoles cuando decidieron dedicarse a la oración y al ministerio de la palabra penetrándola por el estudio y la contemplación, para no servirla en frio, sino caldeada en el estudio y la oración. "Al pueblo se le pueden distribuir piedras en vez de panes. Los cristianos se dan cuenta enseguida de si las palabras del predicador provienen de su profunda oración personal o si, por el contrario, son ligeras y superficiales como artículo de periódico" ha escrito Von Balthasar.

16 "Es necesario que los sacerdotes de Cristo se sumerjan en las Escrituras con asídua lectura y con estudio diligente, para que nadie resulte <predicador vacío y supérfluo de la palabra de Dios, porque no la escucha en su interior (San Agustín), puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, las inmensas riquezas de la palabra de Cristo... "Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo"> (San Jerónimo)" (DV 25).

Recordando que el fuego de la homilía y el provecho es proporcionado a la disposición del que enseña. Porque como dice el refrán cual es el maestro, tal suele ser el discípulo. Y a mayor santidad del predicador corresponde mayor fruto" (San Juan de la Cruz).

JESUS MARTI BALLESTER.


"ESCUCHA ISRAEL"

Hemos descubierto con alborozo la presencia como escritor prolífico del sacerdote valenciano Jesús Martí Ballester. Y lo mejor es que los hemos descubierto a través de Betania, lo cual nos reconforta aún más. Un E-Mail de Martí Ballester dirigido a esta página fue el principio. Después recibimos nueve volúmenes de entre los que elegimos, precisamente, una recopilación de homilías editadas por San Pablo bajo el titulo "Escucha  Israel". Jesús Martí Ballester tiene publicado un monumental trabajo que son sus ocho -¿son sólo ocho?- volúmenes de actualización y comentario sobre la obra de Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Nos iremos ocupando de ellos según los tengamos leídos.

Por el prólogo sabemos que don Jesús Martí ha sido compañero en el seminario de Valencia del Arzobispo de Barcelona, Monseñor Carles, que  es quien prologa el libro. Pero, además en una introducción del mismo  Martí describe, desde todos los puntos de vista, la naturaleza deseable de las homilías. Es una buena lección sobre dicho aspecto;  probablemente, la mejor que hemos podido leer hasta ahora. Aparecen luego los textos de las  homilías de los que queremos reflejar, sobre todo, lo bien escritas que están. No es que minimicemos su contenido pastoral, bien al contrario. Pero este juicio nos sirve para expresar la enorme calidad de Martí  Ballester como escritor.

Betania es un lugar en el WEB de la CONFERENCIA EPISCOPAL dedicado a la misa de los domingos. Damos, pues, una importancia mayúscula a las homilías que son el complemento reflexivo para mejor entender la grandeza de unos textos. Aquí, además, solemos  incluir unos comentarios que nunca quisieron "jugar" a ser homilías. Y, sin  embargo, ya hemos recibido muchos testimonios de sacerdotes que utilizan  tales comentarios. Creemos, no obstante, que es mejor leer al Padre Martí.

Se trata, pues, de homilías de los ciclos litúrgicos A, B y C y están  completos todos los domingos de los diferentes tiempos, con el anexo de las Solemnidades.

Hay que decir, también, que el libro -"Escucha Israel"- sirve  perfectamente como temario para aquellos seglares que hacen un rato de   oración apoyados en lecturas adecuadas. En definitiva estamos ante una obra muy importante. Seguiremos dando reseña de los libros de Jesús  Marti Ballester.

Angel Gómez Escorial.

BETANIA

 

 

ESTILO

 

AMOR Y CRUZ, IDEARIO

 

OBISPADO DE TERUEL

Vicaría General

Visto el Ideario «Amor y Cruz» de D. Jesús Martí Ballester y no habiendo en él nada que se oponga a su publicación, concedemos el IMPRIMÁTUR en cuanto de nosotros depende y según derecho.

Teruel, 23 de marzo de 1979. EL VICARIO GENERAL, Emilio Delgado  

 

INTRODUCCIÓN

Como son muchas las personas que nos piden conocimiento de la Institución AMOR Y CRUZ, hemos decidido, con ánimo de dar a conocer su espíritu y los medios para vivirlo, dar a luz este Ideario por el que actualmente se inspira y se rige.

No es algo definitivo y cerrado. Estamos en rodaje y experimentando y estoy seguro de que estas ideas han de ir sedimentándose, perfeccionándose y enriqueciendo con el paso de los días.

Si tuviéramos que esperar a publicarlo cuando ya lo tuviéramos perfecto no vería nunca la luz. Con lo que no podrían conocer la Institución los que están interesados en ello.

El fin de la publicación es dar a conocer.

Pero adviertan los que lean que estamos en periodo constitutivo y de adaptación y que cualquier observación no debe ser para excluir, sino quizá, para enriquecer, adaptar y ampliar.

Cada caso merece un tratatamiento adecuado y, por tanto, cuantos sientan el ansia de la contemplación pueden sugerir sus características que, sin duda, podrán encontrar marco adecuado,

Esto no es un horizonte cerrado e ineludible, sino unas líneas capaces de una gran flexibilidad.

Toda la flexibilidad que el Espíritu Santo nos requiera en cualquier momento.

Barcelona, 1 de marzo de 1979

 

 

LLAMA DE AMOR VIVA LEIDA HOY

 

LLAMA DE AMOR VIVA Y ESCRITOS BRVES

 

SAN JUAN DE LA CRUZ, NOCHE OSCURA LEIDA HOY

PROLOGO

DEL CARDENAL DOCTOR NARCISO JUBANY, ARZOBISPO DE BARCELONA

Hace algunos meses leí unas afirmaciones del Cardenal Etchegaray, Arzobispo de Marsella. Helas aquí: «Nuestra sociedad se hace irrespirable, nos impide gritar, crear.Estamos en una civilización donde ya no se crea nada, donde todo se fabrica en serie: he aquí por qué lo nuevo envejece más pronto que lo antiguo... El año 2000 espera hombres y no robots. Para entonces, nos hace falta a todos aprender a vivir como monjes en la ciudad. Monjes, para quienes la oración no es ciertamente el contrapeso, sino el peso de toda acción. Monjes, para quienes la oración es la adhesión amorosa al plan universal de Dios y no aplicación laboriosa de sus próximos pequeños proyectos. Afortunadamente la oración no se reduce a la eficacia que nosotros esperamos de ella, porque nuestras peticiones son demasiado tímidas, nuestra esperanza demasiado limitada. Afortunadamente El responde siempre más allá de nuestros pobres deseos. Dios contempla ampliamente el mundo de mañana y nos invita a entrar en su visión, tan grande como el cielo estrellado. Así nosotros sabremos descartar todos los miedos que nos paralizan ante las incertidumbres o las amenazas del porvenir. El miedo animaliza al hombre que no reza: éste no se dirige a Dios y entonces se vuelve contra sus hermanos; éste no avanza hacia Dios y entonces persigue a sus hermanos; éste no ofrece nada a Dios y entonces él se aparta de sus hermanos.»

La cita ha resultado larga; pero es jugosa y extraordinariamente expresiva. «El año 2000 espera hombres y no robots.» «¡Monjes en la ciudad!» Este diagnóstico concuerda en el fondo con esta profecía de André Malraux: «El siglo XXI será un siglo metafísico y religioso. »

Ya dijo Kant que cada vez se planteará más la cuestión del por qué que la del cómo o el cuánto de las cosas. Por eso la ciencia actual, con su poder casi ilimitado, no tendrá sentido más que si asume su propia trascendencia, con la que se comunica en diálogo de amor, que es oración.

La reforma litúrgica, llevada a cabo por el Concilio Vaticano II, ha hecho un enorme bien a la Iglesia. Pero el espíritu de esa reforma va más allá. Es precisamente lo que muchos no han captado suficientemente: la reforma no excluye, sino que subraya también la importancia de la oración personal del cristiano. Esta oración, quizá por aquello de la ley del péndulo, para muchos ha quedado relegada en el olvido. Por otra parte, ha surgido fuerte y potente la corriente de opinión de que la vida cristiana, realizada bajo el impulso de la caridad, ya es por si misma una «oración»: oración «difusa» u oración «implícita», como se acostumbra a calificar.

Es verdad que, en los momentos actuales, se nota un sincero deseo- sobre todo en ciertos sectores de nuestra juventud- de concentrarse en sí mismos para orar, para encontrarse con Dios. Esto es bueno y esperanzador. Responde a una exigencia íntima que siente el hombre, más o menos conscientemente: encontrarse a sí mismo en el encuentro con Dios. Esta exigencia, aunque en ciertos momentos puede manifestarse como una necesidad psicológica, responde más bien al ser profundamente «religioso» del hombre y, pensando en cristiano, a la acción del Espíritu, que no cesa de llamar a las puertas del corazón humano para comunicarle la gran realidad del amor del Padre.

El problema de la necesidad de la oración, por parte de los cristianos, es un «problema de amor». El hombre ora al Padre cuando y porque le ama; deja de hacerlo cuando su corazón se enfría y huye de El. El puro intelectualismo no convierte al hombre en un verdadero «orante».

Por otra parte, es perfectamente correcto preguntarnos cuál fue la conducta de Jesucristo, a propósito de la oración. Las páginas del Evangelio nos dicen que El muchas veces se aisló de los hombres para orar. Pasó noches enteras dedicado a la plegaria en lugares desiertos; oró antes de escoger a los apóstoles y cuando se transfiguró en el monte Tabor. La plegaria del huerto de Getsemaní, en la noche del Jueves Santo, contiene las palabras más humanas, pronunciadas en los instantes que precedieron a las horas amargas de la pasión. Más todavía, ni en la cruz faltó la oración: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?», y «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

El Señor no se contentó con darnos ejemplo de su oración personal. La aconsejó y la enseñó a sus apóstoles. Estos le pidieron un día que les dijera cómo tenían que orar y les enseñó el Padrenuestro. En Getsemaní les advirtió severamente: «Levantaos y orad para no caer en la tentación.» Así les dio a entender que la plegaria es indispensable para superar el mal en los diversos trances de la vida humana.

Es una lástima que en nuestros tiempos haya decaído tanto una virtud que se llama «piedad»: significa, entre otras cosas, el trato filial con Dios. Hoy no está de moda. Padres y educadores cristianos la han arrinconado como un trasto viejo e inservible. La «piedad» bien entendida es la oración de los hijos dirigida al Padre; que no hay que confundir, ni con las «maneras» concretas de realizarla, ni menos con cierta «beatería» inadmisible. Formar «personas de oración» -virilmente piadosas- es una de las necesidades más apremiantes de nuestros tiempos. Pero me pregunto, no sin cierta angustia: ¿Existen muchos y verdaderos «maestros de oración»?

Formar maestros de oración exige dominar, en la teoría y en la práctica, lo que han dicho los grandes orantes que en el mundo han sido y cuya doctrina la Iglesia recoge como suya propia.

Cae de su peso que, si hemos de orar, necesitamos saber «cómo» hacerlo. No se puede razonablemente pedir la guía del Espíritu en este negocio, si descuidamos la ayuda que nos ha sido dada, en sus escritos, por los maestros de la vida espirituaL Siguiendo una tradición nunca interrumpida a lo largo de los siglos, estos maestros de oración han construido, ensayado y manejado la experiencia de millones de cristianos orantes. Santos y sabios en la materia reconocen ampliamente que San Juan de la Cruz es uno de los maestros más conspicuos, que mereció ser declarado Doctor Místico por la Iglesia.

Estoy prologando un libro que se ocupa de una obra suya, trascendental: La NOCHE OSCURA. Me llena de satisfacción el hecho de que la iniciativa de hacerla asequible haya surgido en mi diócesis de Barcelona. Con un trabajo y una dedicación asombrosos, el sacerdote Jesús Martí Ballester nos ha dado en estos últimos años el fruto de sus estudios e investigación, esforzándose en poner al alcance de cualquier cristiano una doctrina que, por su oscuridad, quedaba relegada a una «élite» privilegiada de personas selectas.

El autor, por otra parte, ha abierto el surco de una nueva Institución en el seno de la Iglesia: la obra «AMOR Y CRUZ», que en gran parte se inspira en la doctrina de San Juan de la Cruz. Su meta consiste en formar hombres y mujeres de sólida oración y de una fe firme y profunda. Hoy la Iglesia necesita personas que sean verdaderos orantes en espíritu y verdad y se conviertan en verdaderos maestros de oración. Porque a todos nos hace falta «aprender a vivir como monjes en la ciudad», como afirmó el Cardenal Etchegaray.

Barcelona, 5 de diciembre de 1980.

 

OBLACION CARMESI

 

SUBIDA AL MONTE CARMELO LEIDO HOY

 

TERESA DE JESUS ESCRIBE CARTAS HOY

 

INTRODUCCION

 

I. Hoy que se cacarea estridentemente el afán del compromiso, tenemos ante nosotros a una mujer comprometida en el más sustancial sentido de plenitud y de gratuidad y, sin embargo, de eficacia, que la sociedad de hoy tan competitiva, intensamente persigue y, las más de las veces, cosechando virutas, cenizas, sino tempestades. El Creador nos quiere asociados a El y colaboradores con El, en la acción que desde su amor creador dimana infatigable, constante y silenciosa y cala y desciende hasta el centro de la vida, como savia invisible que asciende por las ramas del vigor haciendo germinar las flores y nacer y madurar los frutos. Todas la empresas caerán perecidas si brotan del ser ambicioso que pretende edificar sobre sí y con sus fuerzas una torre, que siempre será sin Dios, y se llamará Babel. Recurrir al hontanar de la vida y de la energía suprema es el quehacer más perentorio que precisa nuestro mundo. Lo que Teresa de Jesús ha hecho es dejarse sumergir en la raices del ser y dejar que subiera su savia fecunda hasta los más insignificantes actos de su misión eclesial. Por eso no le basta lo que ella alcanza hacer; siente la necesidad de entrelazar sus manos con muchos que crean lo mismo, porque ella será el vigilante constante que les contagiará su vigor y les comprometerá en su empresa divina y humana -"su negocio"-. No importa quiénes sean sus compañeros con tal de que quieran seguirla. Teresa de Jesús no ha fundado conventos para recluirse y solazarse a solas con Dios burguesamente y aislada en su torre de marfil, sino para estar más presente en el mundo, en las gentes, en los suyos, y en los extraños.

Sus grandes obras doctrinales, que tanto esfuerzo le costaron, son casi un grano de arena comparadas con la multitud de cartas dirigidas a tantas personas, con quienes une sus manos para salvar y extender la redención de la sangre de su Señor a toda la tierra. Uncida al yugo de la pluma permanece toda su vida de fundadora, agotándose con el uso de aquellos medios elementales, plumas de ave, tinta y papel de difícil escritura, correos lentos e inseguros. Su gran pena de no poder llegar más lejos en la extensión de su amor por las almas, quedaba paliada por el cauce de su correspondencia cordial y santa, prudente y sagaz, con que mantenía el fuego sagrado entre sus amigos y en todas aquellas personas que le ofrecieran siquiera, una leve rendija por donde pudiera colarse su amor y compromiso. Cartas compartiendo el dolor, o la pobreza, o la preocupación de su familia, siempre elevándoles a la santidad, su afán supremo.

Para que crezca la cristiandad en el corazón de la humanidad, para que esa cristiandad se haga caridad, en frase de Peguy. La contemplación de la esencia tomista se concreta en la ética de las virtudes. A ellas conduce aquélla y es así como se entronca en la vida evangélica el destello de la belleza reflejado por las virtudes, que ella llama "obras". Teresa no queda encerrada en su pequeño horizonte, sino que, abismada en Dios, trasciende el deseo de su corazón a todas las personas que entran en su órbita. Cuando se lamenta a Dios de que quede encerrada en ella la riqueza que está recibiendo, oye la voz: "Espera y verás grandes cosas". Por eso ella siempre espera que el Señor encamine la solución de sus ardientes deseos: "Hágalo Dios como puede y ve que es necesario". Como orante calificada, visto Dios y habiendo estado en el infierno, siente el deber acuciante de proyectar la luz eterna sobre las cosas temporales, de situar los destinos humanos en la balanza de la eternidad, de elevar las cosas enmarañadas e inexplicables de la tierra a la realidad plena y diáfana que les corresponde según la verdad, el juicio y la gracia de Dios. Visión de fe, anticipo de la celeste. Juan, en sus visiones apocalípticas, Dante, en la Divina Comedia, y Teresa en su propia vida, no sólo han visto la purificación y salvación, sino también el fuego y las bestias del abismo.

Si la creación es la manifestación de Dios, su Palabra es su más excelsa salida hacia los hombres. Cuando la Palabra se hace soplo débil utilizando unos impulsos de aire vocalizados por un Hombre-Dios, éste ha llegado a su sublime "kenosis", abajamiento. Habló Jesús y hablan sus Profetas y Santos. Con su estilo inimitable, Teresa, que en sus grandes obras ha expresado la Palabra, en sus cartas la matiza y la hace más humana, materna y fraterna. Si uno se pregunta cómo poner en práctica esa vida que en sus obras grandes se manifiesta siempre en vuelo, al leer sus cartas verá cómo y con qué facilidad puede encarnarse, en la vida de cada día, y quedará asombrado de cómo viviendo una vida mística permanente, no queda comprometida ni perjudicada su vida cotidiana y sí sublimada la preocupación por todas las iglesias, de Pablo. El águila que vuela alto, puede y lo hace, descender a los más nimios detalles de la salud de todos y de cada uno, de las recetas y medicación rudimentarios, de los consejos para la compra de las casas nuevas, de la inversión de las dotes de las que pueden, para ayudar a las que no pueden, como medio de aportar una corriente de sangre nueva a la Iglesia. La sabiduría de acertar: si sólo escoge las que le gustan, se quedará sin monjas. No podría haber tantas si ella tanto hubiera elegido. Se comienza con lo que se puede y Dios actúa después... Zozobras, penas de Gracián, inquietudes sin fin por el éxito de su empresa, que es de Dios, calumnias y alegrías, ansia de vocaciones nuevas, alegrías infantiles de Teresica y de su Bela, ¡cómo pudo todo recalar en un solo corazón, de no haber sido oceánico y rebosante de amor cósmico que la unión con su Esposo le ha fraguado! Un verdadero trasplante, diríamos hoy.

Pero no son sus obras grandes las que han acaparado sus más intensas energías. Cada día ha llevado apresado en su afán, el latido vigoroso de la escritora de cartas. Si 15.000 se calculan que escribió, de las cuales sólo nos han llegado poco más de cuatrocientas, es evidente que la cantidad de sus páginas superan mucho las cuatro obras mayores. Con la ventaja para el lector de poder contemplar vibrante ante los más diversos aconteceres, su espíritu singular, y su estilo de buen humor que, a veces, toma a broma los acontecimientos, las personas, y a ella misma, y la complejidad de los días. No necesita maquillarse para entregarse a sus corresponsales. Se presenta tal cual es, sin doblez ni amaneramiento, con una sencillez y un desgaire que cura para siempre a los amanerados de gazmoñería. Sin fingimientos. Con llaneza. Con autenticidad. Capacidad inaudita de observación, ninguna obsesión por ningún tema, avisos certeros, tenacidad en insistir en lo esencial, labor constante, aunque sin tiempo para releerla y por lo tanto, pulirla. Y todo de manera magistral. ¡Cuanta y cuán maravillosa belleza refulge en estas cartas! ¡Qué estilo más impresionante y embelesador! ¡Qué arte tan excepcional goza su autora! La difícil facilidad de su estilo siempre a su alcance. ¡Qué regalo su lectura y cuán bienhechora! "Las cartas son para mí, vida". Ella lo dijo. Hablaba de la "barahúnda" de las que recibía. Porque las que ella escribió desde que se metió a fundadora, la agobiaban y la consumían. Que la tenían clavada en su escritorio paupérrimo hasta las tres de la mañana. ¿De dónde sacó tanto tiempo par escribir tántas y tan bellas, con los precarios medios del siglo XVI? Quienes hoy apenas escribimos por la abundancia y la facilidad y la rapidez de las comunicaciones, apenas podemos comprender este río que fluye de su mano al impulso de su voluntad y enorme corazón. Apreciaremos que no da puntada sin hilo. Y que las cartas son el complemento de la doctrina de sus libros mayores. Como el diagnóstico y la receta. Por su pluma pasan todos y todos los acontecimientos y todos y cada uno de los problemas, suyos y de los otros, siempre con ánimo, vigor, amor manifestado, humanidad, respeto, exigencia.

Sobre la manifestación de su amor a las personas no conozco en la hagiobiografía un caso semejante de alguien que hable de amor sin ningún rebozo y con tanta generosidad, salvo San Pablo en algunas de sus cartas. Yo creo que este estilo nos está haciendo mucha falta. Preocupados con exceso por las ideas, como buenos occidentales que rinden culto a la mente, olvidamos el corazón, que es parte integrante de nuestra vida de hombres, y la que le da follaje al árbol, le hace florecer y le da perfume. Jesús tiene Corazón. Y nuestros hermanos también tienen corazón. Y, como miembros del Cuerpo Místico, integran a Jesús. Jesús se deja querer y se hace de querer. En cada hermano nuestro hay un Niño, que necesita amor y dedicación. Una sonrisa le hace feliz; una pequeña atención puede disipar una tristeza. Teresa no quiere hombres y mujeres hirsutos, "almas encapatodas", personas cerebrales, que tienen miedo de manifestar sus sentimientos porque creen, equivocadamente, que eso les empequeñece, y les rebaja: "Cuanto más santas más conversables con las hermanas". Los que así piensan, no tienen ni idea de que la grandeza consiste en la sencillez, y de que el hombre integral no es sólo cerebro, sino también corazón, es decir sensibilidad, afectos, emociones, sentimientos. Dice Jesús: "Tengo compasión de esta gente". Jesús llora ante el sepulcro de Lázaro, se deja perfumar por Magdalena, acaricia y bendice a los niños, y deja que se le acerquen y rodeen, consuela a la viuda que lloraba a su hijo muerto: "Mujer, no llores"... Hemos de aprender en la escuela de los sentimientos de Jesús, porque somos prolongación de Jesús y, no solo histórica, sino principalmente, profunda e interior. "Tened los mismos sentimientos de Cristo", nos dice San Pablo. La Iglesia, Esposa de Cristo, ha de estudiar más los sentimientos de Cristo que las ideas de Cristo. Porque en la Iglesia, huyendo del peligro de caer en el sentimentalismo, se cae, con muchísima facilidad, en el racionalismo. Y la razón no conmueve. Y sólo desde la conmoción podemos adoptar las grandes decisiones, y se consiguen las plenas adhesiones.

Muchas lanzas rompió el genio de Teresa que cambiaron el rumbo de la historia, pero no es pequeña la que rompe en la manifestación de su afecto, en una época hirsuta de señorías, sus mercedes y sus reverencias, cuando incluso a su sobrina Teresica le habla de usted. Teresa hoy, con su estilo, sustancial y accidental, puede centrar la atención a los hombres de acción para que no se pierdan en lo superficial, pero con tintes de clarividencia y siempre de ternura y con su disposición al sacrificio. ¿Por qué aparece tan preocupada por la salud, sobre todo de los responsables, Gracián en primera línea, y después las prioras, sino porque aquella vida que ella ha ideado inmolada y sin descanso, les minaba las energías? Sacrificio cuyos frutos sabe que sólo verá en el cielo, como fruto ímprobo de su trabajo. "No sienta que haya padecimientos, pues el padecer trae tantas ganancias". Preguntó a Fray Juan de la Cruz una hermana tras escuchar sus versos divinos: "Padre, ¿esas palabras se las ponía Dios, o las buscaba usted?" -"Unas veces me las ponía Dios y otras las buscaba yo". Teresa en sus cartas no está siempre en trance místico: Busca, pregunta, observa, razona.

El lector que se decida a leer las Cartas no va a perder el tiempo; son un tesoro maravilloso de sencillez, de buen humor, de enfado y enojo naturales y espontáneos, corregidos por la paciencia, y con una abundancia de matices que nos la hacen ver más palpitante que en sus obras doctrinales grandes. Maestra de apóstoles, paciente y dolorosa ante su inactividad exterior forzosa, siempre animada por la esperanza de que el Señor lo encaminará todo bien. Madre de Gracián, sobre todos, porque es el artífice que el Señor le ha puesto para que ella dirija y pulse su arpa. ¿Entendió Gracián alguna vez a la Madre, o se dejó arrullar por sus acentos, prescindiendo alguna vez de sus avisos? La impetuosidad de Gracián ha de ser refrenada muchas veces por la Madre. El fue su hijo querido pero, aun repleto de carismas por la oración de ella y su influjo, no llegó a conocerla del todo. ¿Conoció Teresa a Doria? Quedó fascinada al principio por su personalidad arrolladora. Se dejó impresionar por el genovés, que suplía muchas de sus carencias, a quien intuyó culto, y no se si algo se le enmascaraba. Los hombres cambian mucho, pero en ellos siempre permanece intacto su carácter hereditario y cultivado desordenadamente por miras no tan finas y sobrenaturales. La audacia de Doria y su preparación en medio de un mundo de mediocres e incultos, logró disimular a la Madre su fondo intrigante, absorbente, que equivocaba los principios evangélicos. Estalló la catástrofe cuando ya la Madre no estaba para defender a Gracián y a sí misma como Fundadora. Gracián y María de San José, serán las víctimas de Doria. ¿Conoció a San Juan de la Cruz? Apenas podemos saberlo por algunas cartas a otras personas. Desafortunadamente no tenemos ni una sola a él dirigida. La persecución terminó con unas. La mortificación del Santo, que las llevaba en una taleguilla colgadas al cuello, las destruyó todas. Lamentable pérdida.

II. Pero este ensayo tiene una característica, que viene a cubrir una laguna existente en esta literatura, la de la barrera linguística. Sin derribar nada, hacer asequible el lenguaje, conservando la esencia del mismo en lo posible, para que no se desvirtúe el aroma de Santa Teresa. No es tarea fácil, pero facilitará a muchos lectores que no se atreven con el texto crudo y duro. En la renovación de los edificios antiguos, nobles y con historia de siglos, verdaderos monumentos nacionales y patrimonio de la humanidad, se sigue un procedimiento sabio, ecléctico, síntesis de estilo conservador y renovador, tal que deje el monumento esplendente y al día, sin perder su sabor que viene cargado de historia y testigo de una época. Para realizar esta labor es preciso el carisma del discernimiento artístico e histórico. En la tarea de esta renovación y versión moderna de su estructura y léxico, junto con las múltiples claves, datos históricos, sociales, humanos y culturales, que constituyen una depurada investigación, se ha precisado ese discernimiento junto al espíritual y místico. Ignoro si me ha sido concedido, pero de mi parte os puedo asegurar que nunca me senté ante el ordenador sin invocar al Espíritu Santo y a ella.

Creí que podía concederme el Espíritu, avalado con la súplica de la Doctoria Mística, el discernimiento para retener y suprimir y el carisma vivo de decir lo que ella recibió para la Iglesia, que la de su tiempo la pudo entender sin dificultad, pero la de hoy, tras cuatro siglos de perfeccionamiento de la lengua, si la lee, la entiende con alguna y, a veces con harta, salvo los iniciados y los especialistas. Una persona que ha leído algo de lo que iba escribiendo ha comentado: "¡Qué doctrina tan actual y útil para los problemas de hoy!". Le he respondido: "¡Pero si los libros que se escriben ahora y valen algo, los que están de moda y constituyen best-sellers, parten de ella como de San Juan y de los otros grandes místicos! ¿No comprendes que escriben desde Dios y Dios es siempre joven y actual?" Dios es joven, pero la lengua envejece, y una de las funciones de los académicos de la lengua es ir renovando, como orfebres, el lenguaje que crea el pueblo y los escritores esculpen, aparcando el arcaico que dice menos a nuestras zonas de interés, sensibilidad y psicología de hoy, y necesariamente a las de mañana, por su condición de temporales y cambiantes. No hay en esta versión ni esquemas ni modernismos a ultranza. Los esquemas nos la harían más ininteligible aún.

El modernismo radical la despojaría de su gracejo que, en algunos, muchos párrafos, está ya consagrado por la cita y la memoria. Ni sometimiento servilmente a la letra, ni acercamiento sin discernimiento a la cultura y campos de interés actuales, con peligro de desvanecer el texto original. Pero sí una cierta y delicada poda y armonía. Y un leve uso de las ricas posibilidades del castellano coloquial y literario de que hoy disponemos, que ha progresado mucho en el correr de cuatro siglos. La poda se ha hecho sobre todo en aquellos pasajes en que más confusamente se lee a ella. He tratado de conservar un sutil equilibrio. Por eso, mientras se entienda claramente su pensamiento, la dejo hablar a su aire simpático, natural, sincero, sutil, inteligente, bello, con la fragancia del pan recién salido del horno y con su pizca de socarronería, aunque su léxico sea más pobre que el que hoy podría utilizar. Me ha interesado que no perdiera su gracejo, belleza y frescura, y esto muy, muy intencionadamente. el resultado es una laboriosa artesanía hecha con mimo, como si de un encaje de bolillos se tratase, o un delicado y sutil bordado primoroso que entrelaza su decir y nuestro entender con el propósito deliberado de captar hoy su pensamiento y su gracia, dicha con salero, agudeza y sencillez, pero también con barroquismo.

He auscultado el corazón de la madre -parece atrevimiento y osadía-, pero lo he hecho con cariño de hijo que transcribe su mensaje inmenso y transformador dirigido a quienes les resultaría un obstáculo si no se lo daba vestido, no a la moda de hoy, sino quitando estridencias y giros incomprensibles a los que hoy leen, lo que hoy se escribe. Nunca he desfigurado la idea; he intentado hacerla digerible y asimilable; en ocasiones, darle mayor fuerza expresiva, más pasión, eficacia y belleza. Y siempre que he podido he salvado la expresión, el gracejo, y el mismo embrujo de sus incisos, de sus exclamaciones, de sus frases. Si acaso, he ordenado el hipérbaton y algunas formas de sintaxis; he sustituido algunos vocablos hoy en desuso por otros que en la sensibilidad moderna toquen más de cerca al lector y expresen mejor lo que la autoria quiere expresar, aunque he dejado los que son característicos de sus estilo y lenguaje, cuando son fácilmente inteligibles en sí o por el contexto.

No he querido utilizar toda la riqueza del castellano actual en aras a conservar el aroma teresiano, siempre que se entienda sin dificultad. Se me dirá: Y para salvar ese aroma, ¿no sería mejor no tocarlo? La experiencia me dice que, sin tocarlo, muchos no se acercarán a saborearlo, porque el aroma, tan embelesante para los que le están habituados, ahuyenta a los primerizos; y ésta es una convicción que me han confirmado muchísimos lectores; retomando de nuevo la imagen clave anterior, en una catedral gótica hay mucha belleza, pero sería un delito arquitectónico derribarla y construir una catedral de ladrillo visto o de cemento como las de hoy, lineal, cubista, surrealista. Se iría de extremo a extremo. Una vía media, y menos que media, será buena.

Respetar el estilo, suprimir desconchados, abrillantar arbotantes, hacer resaltar bellezas de roetones, dobelas, agujas, capiteles, vidrieras de colores. Eso será salvar el arte y la belleza sin destruirlos, ponerlos más de relieve y dejarlos a la admiración de los que no suponían ni tanta hermosura ni, sobre todo, tan sublime doctrina y praxis tan eficaz. Desgraciadamente, los cristianos de hoy, nuestros hermanos, sin excluir a los consagrados, han optado por prescindir de los clásicos espirituales a cambio de acudir a la lectura de autores de tercera o cuarta división. Los juzgan anacrónicos, no situados, lejanos. Y es verdad esto referido al ropaje. Pero es falso si, con superficialidad, trasladamos el anacronismo y el desfase al mensaje. No se puede prescindir en el camino cristiano de Santa Teresa, como tampoco de San Juan de la Cruz; si lo hacemos y porque lo hemos hecho más de lo que se cree, nuestra teología se ha empobrecido y nuestra fe oscila sobre arena movediza. Porque pienso que la mejor democracia es la que pone en manos del pueblo lo mejor de la cultura y de la espiritualidad para elevarlo, entrego estas Cartas al pueblo de Dios. No tenemos derecho a quedarnos con la llave de la puerta, y menos a ponernos a la tranca de estorbo, porque se nos ha dicho que empujemos para que entren, no que dificultemos el paso (Lc 14,23).

 

Valencia, JESÚS MARTI BALLESTER.

 

TERESA DE JESUS NOS HABLA HOY, SUMA ANTOLOGICA

 

Presentación de TERESA DE JESÚS NOS HABLA HOY, SUMA ANTÓLOGICA por el padre Efrén de la Madre de Dios.

 

Es delicioso leer los escritos de santa Teresa, como era delicioso escucharla, que se pasaban sin sentir horas y horas, que transcurrían como un éxtasis.

No era sólo por la amenidad de sus ocurrencias, que fascinaban a los oyentes. Era la constante de unas ideas fenomenales que rebosaban de su propia vida, como chispas de hierro incandescente. Ello hacía que de sus conversaciones salieran todos pensativos, notablemente mejorados, como lo fue el joven médico que la atendió en Burgos, el licenciado Aguiar, «hombre arrojado en sus palabras y decidor de bonísimo entendimiento, a veces mordaz», que con su trato quedó trocado en otro hombre. Él mismo declaró: «Tenía la santa madre Teresa una deidad consigo, que se le pasaban las horas de todo el día con ella sin sentir;; y menos que con gran gusto, y las noches con la esperanza de que la había de ver otro día; porque su habla era muy graciosa, su con-versación suavísima y muy grave, cuerda y llana. Entre las gracias que ella tuvo, una de ellas fue que lle vaba tras de sí a la parte que quería y al fin que deseaba a todos los que la oían; y parece que tenía el timón en la mano para volver los corazones, por precipitados que fueran, y encaminarlos a la virtud». Esto decía un médico alegre.

No menos notable era el parecer de un gran fraile descalzo que la acompañaba, fray Pedro de la Purificación, el cual declaraba: «Una cosa me espantaba de la conversación de esta madre, y es que aunque estuviese hablando tres y cuatro horas, que sucedía ser necesario estar con ella en negocios, así a solas como acompañado, tenía tan suave conversación, tan altas palabras y la boca llena de alegría, que nunca cansaba, y no había quien pudiese despedirse de ella».

Podíamos temer que aquello fuese pasado a la historia y que sólo se trataba de recuerdos más o menos afectivos de sus admiradores. Lo interesante es que aquel soberano interés ha quedado plasmado en el papel. Los testigos que la oyeron y la leyeron después, aseguran que entre su estilo hablado y el escrito había una asombrosa identidad. Una amiga, Antonia de Guzmán, hija que fue de doña Guiomar de Ulloa, declaraba: «Le ha acaecido estar leyendo el libro de su Vida y parecerle a esta declarante que oía hablar a la misma santa Teresa de Jesús». Un obispo, que la trató en Burgos cuando era un muchacho de menos de veinte años, don Pedro de Castro, aseguraba que en sus libros hallaba él hasta el acento de su voz. Decía: «Los que han leído o leyeren sus libros pueden hacer cuenta que oyen a esta santa madre; porque no he visto dos imágenes o dos retratos tan parecidos entre si, por mucho que lo sean, como son los libros escritos y el lenguaje y trato ordinario de la santa madre: aquel en mendarse en algunas ocasiones y decir que no sabe si lo dice como lo ha de decir, y otras cosas a este tono, son todas suyas». Eran quizá las incidencias de la conversación lo que este obispo recordaba. Pero también es cierto que cuando le oía ciertas razones, temblaba como la hoja de un árbol, aun a través de una reja y unos velos, y los cabellos se le espeluznaban de sagrado terror, pensando que en aquella mujer hablaba Dios. Y no era sólo cómo lo decía, sino porque decía tales cosas que revolvían las conciencias. Afirma el licenciado Aguiar que estando con la madre en compañía del doctor Manso, que la confesaba, éste no cesaba de exclamar entre dientes de forma que Aguiar oyese: «¡Oh, bienaventurada mujer! ¡Oh, ángel del cielo!». Y después hacía comentarios como éste: «Bendito sea Dios, bendito sea Dios: Más quisiera argüir con cuantos teólogos hay que con esta mujer». Y es que hablaba con una desenvoltura escalofriante. A este personaje, sin faltarle jamás al respeto, en una ocasión que le confió haber dejado la oración por miedo, le increpó así: «¡Oh, mal hombre! ¿ Y qué mal le había de hacer, aunque viniera todo el infierno?».

Hoy tenemos a mano todos los escritos que ha dejado santa Teresa. Es un placer imaginarse a sus pies leyéndolos como si la escucháramos, si lo hacemos sin prisas y sin mirar el reloj. Su estilo conciso, luminoso, chispeante, con ocurrencias incesantes y distintas, son para pasar horas deliciosas

Pero comprendo que no siempre hay tiempo ni humor para ponernos así con sus escritos en la mano ni para saborear su contenido ni calibrar toda su fuerza estilística. Para ello se requiere además de atención una cultura mediana que no está al alcance de todos. Los que carecen de tiempo para semejantes placeres, querrían, al menos, recoger sus chispazos, diseminados por todos sus libros, y solazarse con ellos con responsabilidad personal. Tememos ver ante nosotros tantas páginas, tantas palabras, sin saber dónde fijar la vista. Preferiríamos sólo tener la «sensación» de alguna ocurrencia, que nos permitiera pensar por nosotros mismos sin necesidad de seguir leyendo, como si con ello enriqueciéramos nuestra inteligencia con sus ocurrencias geniales. En efecto, debemos advertir ante todo, que lo más genial de santa Teresa va siempre en forma de «incisos»; o, si se quiere, de «paréntesis». Las deliciosas digresiones con que a veces adorna un discurso, no son precisamente divagaciones, sino eso, chispazos que saltan de un subconsciente siempre activo, arrollador, que es la constante de su fisonomía espirituaL Tales incisos, como aquel en que define qué es la oración mental, definición hasta ahora jamás igualada, son tan geniales que osamos afirmar que constituyen lo mejor de sus libros. Desde luego, santa Teresa es primorosa en las descripciones de sucesos de que fue testigo, lo es en el razonar convencido sin la menor réplica, y lo es para exponer causas y causas de una determinación cualquiera. Pero esto, más o menos, es común a todos los escritores con mayor o menor gracejo. Mas los incisos geniales que salpican las páginas teresianas, donde se despachan las verdades más tremendas e incisivas, capaces de dejar pensativa a una persona para todo el resto de su vida, esos incisos, sí forman el sello exclusivo de santa Teresa y de su estilo inimitable; tan inimitable que para hacer un remedo del mismo habría que asimilarse de antemano todo lo que ella almacenó en su idiosincrasia dándole exclusiva personalidad. Y la personalidad es tan  exclusiva que si fuese comunicable dejaría de ser personalidad. Poner personalidad en un estilo es lo más teresiano y peculiar de sus escritos, escritos que su frescura y originalidad asombraron al propio maestro fray Luis de León, que aseguraba que «el castellano de la madre es la mesma elegancia». Se puede remedar a Cervantes, a Góngora, a Calderón de la Barca, de forma que cueste trabajo discernir qué cosas son originales o añadidas.

Remedar a santa Teresa es la tarea más dificil e ingrata. Es el personaje más inimitable de toda la literatura española. Conseguir una imitación lograda equivale a absorber su genial personalidad, o mejor, llegar a ser tan genial como ella lo fue.

Don Jesús Martí Ballester, estudioso y admirador de santa Teresa, ha repetido con ella lo que osó hacer con éxito notable con san Juan de la Cruz. Y, a pesar de las dificultades que ello entraña, ha sabido conservar los matices personales del estilo teresiano sin que se le hayan evaporado ni hayan sufrido detrimento aquellas  expresiones, que a todos nos permitan oírla de la misma forma que ella hablaba y comprobar lo que han dicho los testigos aludidos de la identidad existente entre

su conversación y su estilo puramente literario. El autor, en un alarde de asimilación, ha logrado acertar con fortuna en su empresa arriesgada y asombrosa. Cuando está terminando su versión al castellano moderno de las obras de la santa, quiere recoger aquellos preciosos incisos que motean los escritos de santa Teresa reduciéndolos a una antología o compendio, de forma que las ideas permanentes de la santa, puestas de relieve con frases lapidarias, al desnudo, como espadas fuera de su vaina, penetren derechamente en el ánimo de sus lectores. Esta es la sorpresa que nos ofrece con esta Suma antológica para facilitar el encuentro con aquellos conceptos que se precisen con urgencia. La atención del autor se ha dirigido a los geniales incisos, más o menos largos, rasgos definitivos del alma teresiana, y ha querido hacer de ellos primorosos ramilletes y ofrecerlos en forma sistemática, recogiendo los mismos textos de sus cuatro obras ya publicadas con todo el sabor de su expresión estilística. Así clasificadas las diferentes «ocurrencias» teresianas, y puestas al alcance fácil de los lectores, podríamos todos paladear sus mejores «incisos», y si acaso deseábamos ampliar su contexto, podríamos hacerlo con las referencias tipográficas de los mismos, aquí anotadas. El cuerpo de la obra ofrece el rimero de textos teresianos exponentes del pensamiento de santa Teresa, reordenados sobre una buena cuadrícula teológica. Ha escogido para este vaciado con gran acierto el molde de santo Tomás. El pensamiento de la madre Teresa va, por tanto, rimando con seriedad de cátedra y con agudezas inesperadas cada uno de los grandes temas de la teología tomista y cristiana. Nunca en la historia del teresianismo se ha presentado una antología tan amplia, completa y elaborada como la presente, con evidentes ventajas para los estudiosos del tema doctrinal espiritual.

Creemos, que don Jesús Martí Ballester ha hecho un ingente servicio a los seguidores y estudiosos de santa Teresa, abriéndoles senderos de inspiración temática y permitiéndoles recurrir cómodamente a los temas que ellos prefieran. El profundo conocimiento y experiencia, y las largas horas que ha dedicado a esta labor, nos ahorran a nosotros no menos, brindándonos lo que personalmente teníamos que buscar a nuestra manera. Es darnos desmenuzado el pan de la doctrina teresiana, que la Iglesia pide en su oración litúrgica, que a través de los especialistas

teresianos ha de llegar a todo el pueblo, que suele quedar encandilado cada vez que se le menciona un refrán, un dicho o alguna de las innumerables anécdotas de santa Teresa, siempre repletos de contenido. Gracias, don Jesús, por este repertorio de temas teresianos. Ha hecho usted un gran regalo a la Iglesia de Dios dándolos a conocer directamente a todos los que con su doctrina se sentirán mejores y más seguros en la vida cristiana. Este libro será de todos el más solicitado por muchos predicadores, directores de ejercicios o escritores. Quizá no lo dirán; pero sospecho que con él se abrirán paso al huerto cerrado de las obras de santa Teresa, para brindarnos, satisfechos, un hallazgo oportunísimo, que en verdad deberán a la labor callada de este gran trabajo que usted nos ofrece, enriquecido además con sus introducciones teológicas, ratificadas en la modernidad por el recurso a autores modernos, al Vaticano II, al Nuevo Catecismo y al lenguaje y magisterio actual.

Facilitar a los buenos cristianos la doctrina de los maestro)s de la Iglesia es un apostolado tan eficaz como poner megáfonos a la voz directa de los mismos, que hablaron sin ostentación, y la Iglesia necesita que sean oídos en el mundo entero. Pero en el caso de santa Teresa hay más: es un doctor muy original, un doctor femenino, que por primera vez presenta la Iglesia con voz propia en el curso de la historia. La voz femenina, todos lo sabemos, añade algo nuevo a la masculina. A ésta nos acercamos de ordinario para recoger conceptos más o menos abstractos de las verdades cristianas. A la femenina nos acercamos a buscar, además, calor vivo y entrañable que nos haga viables aquellas verdades, mas o menos abstrusas. Hay doctores  ciertamente, de un realismo y pragmatismo sensacional, como san Juan Crisóstomo y san Agustín; sin embargo, la voz femenina lleva otro mensaje todavía más entrañable, la afectividad intuitiva, que en las mujeres, elevadas casi al mito, adquiere cadencias soberanas que merecen el respeto y gratitud de todos los fieles cristianos.

Que este libro sea semillero de estas verdades teresianas,y que a través de él puedan todos enriquecer su inteligencia y su afectividad con los valores eternos que Dios confió a esta mujer española para beneficio de toda la humanidad.

FRAY EFRÉN DE LA MADRE DE  Dios, O.C.D.

 

 

 

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